Posverdad y desafección (o como sin compromiso no hay verdad)
12 enero, 2022Desde la perspectiva sociológica –también desde la psicología-, podemos afirmar que los seres humanos necesitamos certezas, seguridad. De hecho, siempre nacemos en un mundo que se nos muestra como acabado, es el mundo dado por descontado de la vida cotidiana. Esta condición antropológica tiene un efecto no deseado, favorece la posverdad.
En un mundo, el mundo moderno y contemporáneo, en el que vivimos como individuos autónomos y sin referentes trascendentales (o incondicionales), se nos hacen cada vez más necesarias narraciones sobre el mundo y sobre las propias vidas que sean coherentes, que produzcan satisfacción y emociones positivas que reduzcan el sentimiento de inseguridad y evacuen preocupaciones.
La posverdad, los discursos que podemos calificar de este modo, tiene el arte de ofrecer versiones del mundo que resultan reconfortantes. Las cosas son así y nos gusta, nos reconforta y tranquiliza, que así sean. Y aún podemos creer que realmente son así.
La posverdad tiene un poder sanador, apacigua el mundo y nos lo hace amable, es como queremos que sea. Además, el mundo que se nos muestra de este modo no nos exige, por norma general, ningún tipo de compromiso. Se nos muestra del modo en que queremos que sea sin ningún esfuerzo. Las formas de vida y de relación (con el mundo y con los otros) mediadas por las pantallas, llenas de abundante información, permiten una vida (cómoda y placentera) y una comprensión del mundo sin ninguna implicación.
La posverdad, los discursos que podemos calificar de este modo, tiene el arte de ofrecer versiones del mundo que resultan reconfortantes
En la conversación del día 26 de enero Posverdad y desafección (o como sin compromiso no hay verdad), reflexionaremos sobre cómo la desafección es el contexto que permite la posverdad. Sin compromiso, sin la necesidad de “poner el cuerpo” como forma de implicación en el mundo, no es posible hablar con verdad.
En 1846, hace más de un siglo y medio, lo cual no deja de ser sorprendente y admirable, Sören Kierkegaard escribe en una revista literaria una reflexión titulada La época presente donde advierte que su época se caracteriza por una reflexión y una curiosidad desinteresada y desapasionada que iguala cualquier diferencia de estado y de valor.
La desafección es el contexto que permite la posverdad
Dicho provocativamente, no hay nada lo suficientemente importante por lo que uno esté dispuesto a morir. No hay nada en lo que nos sintamos implicados o apasionados de tal modo por lo que se esté dispuesto a correr algún riesgo. La aparición de lo que Kierkegaard denominó la esfera pública, de la que la prensa es su mejor representante, permitió el surgimiento de un observador-sujeto desituado y desapegado para el que no había nada lo suficientemente importante para implicarse vitalmente.
A este estilo de distanciamiento, de desimplicación con el mundo que nos circunda, Nietzsche, que también fue muy crítico con esta época, le llamó Nihilismo.
Sin embargo, estamos en una época “sensata y rica de conocimientos”, “reflexiva y desapasionadamente curiosa”. La distribución masiva e inmediata de todo tipo de información disponible para todo el mundo acaba produciendo un espectador, el público, desituado y desapegado. Ciertamente, lo que sucede no les concierne.
En la esfera pública así configurada (como suele denunciarse de las tertulias de muchos medios de comunicación en nuestra actual era) todo el mundo tiene opinión y es capaz de hacer todo tipo de comentarios sin (haber de asumir ningún tipo de) responsabilidad.
De hecho, el que así opina en la esfera pública no suele tener ningún tipo de experiencia de primera mano, no ha estado allí donde ha tenido o tiene lugar eso de lo que opina y habla. Los opinadores-tertulianos están desvinculados de las prácticas locales donde se dan los problemas específicos y desconocen los términos en los que deberían resolverse mediante algún tipo de acción comprometida. Sin experiencia y sin implicación difícilmente puede ofrecerse ningún tipo de “sabiduría” que sea útil para nadie.
Sin experiencia de la vida, lo que Aristóteles llamaría prudencia (sofrosine), no es posible actuar con ejemplaridad y proponer un modelo de acción y de transformación. No se corren riesgos y, por esto mismo, tampoco hay sabiduría con la que contribuir. Internet podría considerarse el colmo de la prensa y los cafés, un espació de circulación de “opiniones” sin certezas ni sabiduría. Un espacio de fácil desconexión. Además, lo más trivial y lo más importante aparecen juntos, incluso se dan de la mano.
Internet podría considerarse el colmo de la prensa y los cafés, un espació de circulación de “opiniones” sin certezas ni sabiduría.
Con la reflexión que llevaremos a cabo no se pretenderá mostrar cómo sería posible el compromiso incondicional que Kierkegaard lamenta que en su época se ha perdido. Nos limitaremos a mostrar algunas de las condiciones, en el contexto presente, para poder hablar con verdad como consecuencia de estar implicado en y con el mundo.
Para este análisis recuperaremos alguna de las reflexiones foucaultianas sobre la parresia. No se trata, como Foucault reconoce, de una preocupación para acceder a la verdad, al conocimiento científico y verdadero (episteme) tan característico de nuestra tradición filosófica occidental, más bien nos situaremos en el lado crítico de esta tradición.
La preocupación que con Foucault nos proponemos recuperar es la de la importancia para el individuo y también para la sociedad de decir la verdad, de poder conocer con verdad, de tener personas que dicen y pueden decir la verdad, además de reconocerlas a ellas. A esto es a lo que se denomina parresia, hablar con verdad.
Sin experiencia y sin implicación difícilmente puede ofrecerse ningún tipo de “sabiduría” que sea útil para nadie
Frente a la charlatanería propia de la esfera pública a la que se refería Kierkegaard y que tan bien caracterizaría la esfera electrónica, en la que la mediación de las relaciones y los discursos a través de las pantallas nos pone a distancia (desimplicación) del mundo, la parresia propone un tipo de relación diferente entre el hablante y lo que dice: “la presencia, en el que habla, de su propia forma de vida hecha manifiesta, presente, sensible y activa como modelo en el discurso que mantiene”. Decir lo que se piensa, pensar lo que se dice, hacer que el hablar esté de acuerdo con la conducta. Esta forma diferente de relación entre el hablante y lo que dice supone, como veremos, el compromiso-implicación del que habla con su estar en el mundo, con el mundo-circunstancia en la que está.
El profesor de la UOC Francesc Núñez Mosteo participa en la tercera sesión del ciclo Posverdad, organizado por el Máster en Humanidades: arte, literatura y culturas contemporáneas de la UOC y el Máster en Filosofía para los Retos Contemporáneos de la UOC, juntamente con la librería Documenta, que tendrá lugar el 26 de enero en el espacio cultural Amics de les Arts i Joventuts Musicals de Terrassa (Carrer de Sant Pere, 46 / Carrer del Teatre, 2).