La angustia, Kierkegaard y nosotros (por Ramon Alcoberro)

24 mayo, 2013

La angustia es la posibilidad de la libertad: pero, gracias a la fe, esta angustia posee un valor educativo absoluto: porque corroe todas las cosas del mundo finito y acaba con todas sus ilusiones.

Søren Kierkegaard: El concepto de la angustia (1844).

En 1844, mientras en París un joven Marx redactaba los Manuscritos de economía, política y filosofía, en Dinamarca Søren Kierkegaard bajo el seudónimo de Vilius Haufniensis (el Vigilante de Copenhague) publicaba un libro extraño y destinado a agitar conciencias: El concepto de la angustia. Ambos filósofos son hijos de una época de duda y de crisis de la conciencia romántica. Y ambos reflexionan sobre la libertad para acabar proponiéndonos respuestas profundamente diferentes que (cada una a su manera) hemos continuado pensando hasta hoy y que continuarán obsesionándonos aún mucho más tiempo. El tema de Marx es el de las razones que hacen de la libertad una ficción y su sospecha es que el destino del hombre consiste en vivir prisionero de las diversas formas de la miseria (alienación), provocada por un mundo donde todo ha sido reducido a dinero. La reflexión de Kierkegaard, en cambio, iba en una dirección menos social y más psicológica: se preguntaba si la angustia era el sentimiento que inevitablemente debería definir la existencia de los humanos modernos y por qué no resulta posible esquivarla. Lo que quiere averiguar la obra del filósofo danés es qué relación existe entre la experiencia de la libertad y el sentimiento de la angustia, y por qué la existencia individual de los humanos concretos, trufada de miserias, es inseparablemente construida de inseguridades y de libertad a partes iguales.

Hoy quizá nos sorprende poco la afirmación kierkegaardiana: me parece del todo normal que la inseguridad y la angustia formen parte de nuestro paisaje moral (ser moderno significa vivir estresado, cansado, angustiado). Asumimos la angustia y el malvivir cotidiano como si fuera un estado natural o, como mínimo, inevitable. Pero esto no siempre había pasado. De Montaigne a Locke, por ejemplo, una vida libre era también, e inseparablemente, una vida armónica, concebida a partir de un modelo de autosuficiencia estoica. Solo con la crisis de la ilustración el mundo se volvió un lugar poco confortable y también sucio por el hollín de las fábricas y por la miseria moral de los barrios abarrotados de obreros mal pagados. Un panorama nefasto para los que todavía pudieran creer en la virtud de la reconciliación cristiana. Kierkegaard representa una ruptura en la conciencia de los humanos modernos, en la medida en que fue él quien averiguó que vivir como moderno era vivir en el desconcierto. La tragedia de la vida humana, leída en clave kierkegaardiana, es que está, para siempre, vinculada a la angustia –y a la terrible imposibilidad de liberarnos de ella.

En el modelo de vida clásico, la angustia resultaba un sentimiento del todo estúpido, sin ningún sentido. Lo que sucede debe pasar necesariamente, y desde el punto de vista del sabio no tiene razón de ser quejarse ni felicitarse por ello. Hegel, por ejemplo, relegaba las miserias de la tragedia humana al nivel de la pura insignificancia. Ante el carácter supuestamente necesario de los procesos históricos, ni Hegel ni Marx, por citar dos nombres, otorgaban la más mínima importancia a las circunstancias personales y subjetivas. Por desagradables que fueran carecían de cualquier importancia ante el impulso de la historia que (con fuerza ingenuidad, cabe decirlo) identificaban con la racionalidad.
Kierkegaard, en cambio, planteó una objeción fundamental a cualquier explicación supuestamente científica (o cientificista) y optimista de la vida humana; y lo hizo en nombre del propio derecho a la subjetividad y a la diferencia. Para el Vigilante de Copenhague lo que nos determina de verdad es que nacemos solos, moriremos solos y vivimos con angustia. Esta soledad y esa miseria es nuestra, personal e intransferible: desde ella hablamos y en ella somos, como seres desvalidos, perfectamente contingentes.

Vivir en un mundo de angustia, como el que percibe el pensador danés, obliga a replantear muchas cosas. Para Kierkegaard la centralidad de la angustia como componente primario, subjetivo e íntimo, de mi realidad, constituye un argumento de primer orden contra todos aquellos que quisieran escribir una historia prescindiendo del valor de la subjetividad —o, lo que es lo mismo, del valor del hombre concreto. Corresponde a Kierkegaard reclamar el valor de lo subjetivo, en la medida en que mi subjetividad es lo único que en realidad poseo. Para el pensador danés vivir como persona concreta, subjetiva, no es vivir en la razón, ni en la historia, entendida como viento potente que todo lo arrastra (aunque mal que les pese a Hegel o Marx), sino hacerlo en el absurdo, incluso un poco cómico, del malvivir cotidiano.

Pero todavía hay algo más importante para un lector interesado en temas de ética: la clara conciencia (desgraciada) que en un mundo de angustia nunca más será posible la certeza moral. En El concepto de la angustia Kierkegaard aportó una analítica moral de primer orden que nos permite entender por qué resulta tan difícil como imposible hacer un juicio moral conclusivo. Para el filósofo danés, si eres libre inevitablemente estás obligado a vivir con angustia, porque solo las personas libres son capaces de evaluar hasta qué punto toda elección moral está condenada siempre a ser provisional e insatisfactoria. Es del todo ingenuo creer que la moral consiste en elegir el bien, declara Kierkegaard, porque el bien y el mal no se pueden separar con criterios morales. Ser moral es ser consciente de lo que (nos) perdemos cada vez que creemos ganar y lo que sacrificamos cuando creemos progresar. Ser libre significa saber que en toda ganancia hay una pérdida y ello, inevitablemente, nos desasosiega.
La moral de la angustia nos obliga a ser especialmente cuidadosos con la ambigüedad constitutiva de las cosas y a respetar este carácter dual de ganancia y pérdida que hay en cada decisión moral. Ante la infinidad de opciones posibles que nos ofrece la libertad, nunca podremos estar seguros de acertar. Y esto es así porque la libertad nos permite ser tan ángeles como demonios —y aún más, serlo simultáneamente en un juego de posibilidades infinitas. Debemos leer a Kierkegaard porque él nos descubrió la paradoja de la libertad humana: cuanto más libres somos, más angustiados vivimos. La angustia es el vértigo de la libertad. La angustia metafísica (la absoluta imposibilidad de estar seguro de nada que experimenta cualquier moderno) nace del vértigo que experimenta aquel que sabe que nunca podrá estar del todo seguro de acertar en la elección moral y está, sin embargo, obligado a elegir. Las infinitas posibilidades por las que podemos optar conllevan también infinita responsabilidad, infinita angustia e infinita duda.

De esta centralidad del sentimiento de angustia en la vida real de los humanos, descubierta por Kierkegaard, derivarán el pensamiento de Freud (que identifica angustia y culpabilidad con la sexualidad) y Heidegger para quien, ontológicamente, la angustia, vinculada a una mezcla de terror y fascinación, como la que suscitan la nada y la muerte, es una característica básica de la propia estructura del humano, como ser lanzado al mundo. Solo por haber iniciado la analítica de la angustia como característica de la modernidad, Kierkegaard es un pensador fundamental.

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