Antropoceno: ¿Una era geológica a medida y capricho de los humanos?

8 septiembre, 2021
Il·lustració d'un home fent un suc amb el món

Hasta ahora, un terrícola Homo sapiens creía vivir en el Holoceno. Una época geológica bastante discutida aunque aceptada en el ámbito internacional. Hoy, ¿seguimos siendo humanos holocenos productores –aquellos salidos, hace unos 10.000 años, de los cambios climáticos de una cronología que habíamos hecho nuestra–, ¿o somos mujeres y hombres que nos hemos reservado un nuevo y caprichoso término geológico a medida?

Es cierto que en los grados de Antropología y Evolución Humana y de Historia, Geografía e Historia cada vez más a menudo se escucha el término Antropoceno. Su grafía y contundencia hace que, a priori, parezca formar parte de un vocabulario académico consensuado, solemne y propio de sesudos. No es exactamente así. En consecuencia, antes de que se extienda el uso indiscriminado de Antropoceno, opinamos que requeriría una revisión crítica. No pretendemos imponer cátedra, más cuando muchos adeptos del Antropoceno son amados, respetados y solventes colegas de profesión, pero sí empezar la discusión y reflexión común entre investigadores, docentes, estudiantes y sociedad. De lo contrario, Mioceno, Plioceno o Pleistoceno –tres ejemplos escogidos al azar entre muchos de los aceptados y explicados por la Academia– seguirán generando preguntas y dudas a los estudiantes sobre su significado y trascendencia en el marco de la historia de la Tierra y la evolución de la vida, mientras que el empleo de Antropoceno nos resultará algo cercano y familiar.

Es inevitable; las modas, la ampliación del diccionario y los movimientos de péndulo en ciencia son ley de vida. Pero, a riesgo de parecer tiquismiquis, hay que intentar utilizar las palabras con propiedad y no hacerlo a la ligera. De otro modo, en líneas generales, seguiremos desconociendo lo que esconde el Plioceno en cuanto a la aparición de los primeros homínidos y, en cambio, todos creeremos saber de qué hablamos al leer, escuchar o escribiré sobre el Antropoceno. ¿Un momento geológico e histórico protagonizado por los humanos ya sea en su vertiente más positiva o negativa?

Homo centricos

En un artículo de opinión publicado en El Periódico de Cataluña (Serrallonga, 2018), y que sirve de núcleo para este escrito, ya decíamos que somos un grupo de geocéntricos, antropocéntricos, etnocéntricos y egocéntricos. Así es el Homo sapiens que, hace algo más de 10.000 años, abandonó la predación paleolítica para convertirse en productor: desde el Neolítico hasta nuestros días.

Una lejana galaxia, un helecho o una ballena, en caso de poder hablar, dirían que nos pasamos el día mirándonos el ombligo. Esto podría parecer obvio, puesto que, por un lado, somos los observadores del Cosmos y es lógico que lo medimos todo en función de nuestra escala. Pero existen límites, y la ciencia ha ido desmontando, uno por uno, los mitos y leyendas –sobre la falsa superioridad humana– que a veces ella misma ayudó a reforzar. De hecho, la ciencia no se equivoca, son los científicos y científicas quienes –de forma consciente o inconsciente–, inmersos en un contexto social, político, religioso e intelectual de acuerdo con su época histórica, a menudo sostienen las tesis del poder establecido. Sin ir más lejos, ¿cuánto tuvimos que esperar para que el heliocentrismo de Nicolás Copérnico, Galileo Galilei y Johannes Kepler se impusiera a la visión geocéntrica del Universo?

Existen límites, y la ciencia ha ido desmontando, uno por uno, los mitos y leyendas –sobre la falsa superioridad humana

La civilización europea había situado a la Tierra como el centro del Sistema Solar. El Sol, y todos los planetas, giraban a nuestro alrededor. Lo mismo ocurrió con la explicación sobre el origen de la Humanidad: éramos el centro de la Creación divina. Aquí todo resulta más hilarante si a la vez añadimos el factor etnocéntrico. Un ejemplo: cuando, en el siglo XVII, John Lighfoot –vicerrector de la Universidad de Cambridge– calculó la fecha de aparición de Adam y Eva. Según esto, los dos primeros humanos –por supuesto blancos y de aspecto atractivo– habrían aparecido en escena el 23 de octubre de 4004 adC, exactamente a las 9 horas de la mañana. Casualidades de la vida, fecha y hora coincidían con el inicio del curso académico en Cambridge. Un etnocentrismo compartido por Vicent Mares; en su obra La Fénix Troyana –también del siglo XVII– situó al Edén, y la génesis de Adán y Eva, en Valencia.

TIZIANO, VECELLIO DI GREGORIO
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Lo cierto es que muchos científicos europeos defendieron esta idea de una creación inmutable y perfecta del ser humano hasta que personajes, como Charles R. Darwin –en pleno siglo XIX–, se atrevieron a proponer un origen biológico de la vida, además de la mutabilidad de esta. Humanos, y el resto de seres vivos, compartíamos un mismo inicio que, lejos de ser un diseño divino, había tomado los azarosos caminos de la evolución biológica.

Nuestra especie puede desaparecer mientras que otras formas vivas y la Tierra continuarán sin echarnos de menos.

Y cuando creíamos que el antropocentrismo científico estaba superado, ahora se ha puesto de moda una nueva época geológica: el Antropoceno. Fue sugerida, en 2000, por el premio Nobel de Química Paul Josef Crutzen. Un término no aprobado por la Unión Internacional de Ciencias Geológicas a pesar de avalado por muchos de mis queridos y queridas colegas (desde 2013, ya cuenta con una revista científica internacional). ¿Por qué? Porque esta idea, esta denominación, se ha visto retroalimentada con la evidencia científica del cambio climático global que sufre en nuestro pequeño planeta azul.

Crutzen en el acto de entrega del Nobel con Carlos XVI Gustavo de Suecia (1995) NP/CC

Antropoceno

Salvo los negacionistas, está claro que existe un cambio climático provocado y acelerado por la actividad humana; y las pruebas más sólidas no las han aportado oficinas internacionales llenas de burócratas o los costosos satélites artificiales, sino la Arqueología y la Paleontología. Muchos antes de nuestras junglas de asfalto y la Revolución Industrial, ya en el Neolítico detectamos que se empezó a alterar el medio físico a causa de la agricultura, la ganadería y el asentamiento de grandes poblaciones; consecuentemente, deberíamos exculpar o eximir de responsabilidades a los primeros humanos cazadores-recolectores del Paleolítico. Ahora bien, a pesar de la nada despreciable huella humana en el medio ambiente, bautizar esta nueva época como Antropoceno nos parece impropio. Tal y como desarrollamos, de forma más profundizada, en el libro Dioses con pies de barro. El desafío humano a las leyes de la naturaleza… y sus consecuencias (Serrallonga, 2020), no somos tan importantes. Solamente somos una especie más en el contexto de la vida en el planeta, y si queremos estudiarnos, en su justa medida, sería mucho más acertado seguir haciendo ciencia –aunque pueda parecer un eufemismo o una paradoja– desde una perspectiva global y no solo centrada en el ombligo antrópico.

Ya en el Neolítico detectamos que se empezó a alterar el medio físico a causa de la agricultura, la ganadería y el asentamiento de grandes poblaciones

De la misma forma que a nadie se le ha ocurrido bautizar como «Trilobiticeno» en el Paleozoico (desde los 541 hasta los 298 millones de años la Tierra estuvo dominada por los trilobites); al igual que no definimos como «Sauroceno» en el Mesozoico (los dinosaurios saurópodos reinaron el planeta a lo largo de unos 180 millones de años), opinamos que en la actualidad no tiene sentido que hablemos de Antropoceno para un período que, siendo generosos, ocupa tan solo unos 14.000 años de la historia cosmológica y geológica. Incluso menos si situamos su inicio en 1800, y es que algunos especialistas vinculan el comienzo del Antropoceno con el pistoletazo de salida de la Revolución Industrial; otros lo sitúan en 1945 con la primera explosión experimental de una bomba atómica en Nuevo México.

Estudiar y debatir sobre el cambio climático, la deforestación, el crecimiento demográfico, la falta de recursos naturales, las megaciudades o la globalización provocada por el ser humano es primordial, pero, por favor, no devolvemos –aunque sea de forma inconsciente– al antropocentrismo científico. Somos una especie más en el seno de la naturaleza, y por muy humanos y sapiens que nos creamos, no pondremos fin a la vida en el planeta ni con la Tierra; ambas nos sobrevivirán y continuarán evolucionando en el ámbito cosmológico, geológico y biológico (Serrallonga, 2020). Por supuesto que hemos extinguido muchísimas especies y otras las hemos convertido en prácticamente invisibles (Martínez, Serrallonga & Santamans, 2021) pero la vida se abre camino, y por caminos insospechados. Nuestra especie puede desaparecer mientras que otras formas vivas y la Tierra continuarán sin echarnos de menos.

Somos una especie más en el seno de la naturaleza, y por muy humanos y sapiens que nos creamos, no pondremos fin a la vida en el planeta ni con la Tierra; ambas nos sobrevivirán y continuarán evolucionando en el ámbito cosmológico, geológico y biológico

Es cierto que el término Antropoceno tiene gancho mediático, y también dramático. Aparece por doquier. Hay un libro publicado por el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona –Som Natura. El repte de l’Antropocè (VV.AA., 2018)– donde muchas de las aportaciones, por parte de diferentes investigadores, giran en torno al Antropoceno; y cada vez se emplea más en publicaciones diversas. Ahora bien, el estudio científico no puede caer en la esquina oscura del antropocentrismo. Por encima de pasiones personales, y el impacto mediático, debemos ser cuidadosos en el momento de utilizar según qué terminología no consensuada en el ámbito académico. Una cosa es saber y adivinar a qué nos referimos, otra que la forma de hacerlo sea la correcta. No somos una especie escogida que merezca situarse en el centro, en el ego, del marco cosmológico, geológico y biológico de la Humanidad, sino como una pieza más en el árbol evolutivo de la biodiversidad (Serrallonga, 2020). Pero de estas cosas saben mucho mayores naturalistas y comunicadores como Sir David Attenborough (2021), o la periodista Elizabeth Kolbert (2014 y 2021), y nos dejaron un gran legado, entre otros, el ecólogo Ramon Margalef , el astrónomo Carl Sagan, la bióloga evolucionista Lynn Margulis, el primatólogo Jordi Sabater i Pi o el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente.

Félix Rodríguez de la Fuente

Algunos especialistas vinculan el comienzo del Antropoceno con el pistoletazo de salida de la Revolución Industrial; otros lo sitúan en 1945 con la primera explosión experimental de una bomba atómica en Nuevo México

Seamos dentro del ámbito cronológico del Antropoceno, el Holoceno o, sencillamente, de la Evolución en el momento actual, lo que es cierto es que es necesario replantearnos el papel del ser humano y su impacto en el medio. Y aquí es fundamental toda la comunidad UOC. No se trata de inventar y esparcir una nueva palabra sin cátedra rellena de bellos y nobles conceptos idealizados –como es el caso de Antropoceno–, sino que, de forma inmediata y apresurada, hay que pasar a la acción; veas el caso de la pandemia que somos sufriendo desde finales del año 2019 y muy estrechamente relacionada con la destrucción del medio, la presión sobre especies animales exóticas, la superpoblación, el cambio climático… Las universidades, sin duda, deben aportar soluciones –investigación científica, debate, publicaciones, activismo, etcétera– frente a los problemas medioambientales y sociales que afectan a nuestra especie, y las que nos rodean. ¿Seremos capaces? ¿Estamos a tiempo? ¿Lo intentamos?

Únicamente somos una especie más en el contexto de la vida en el planeta, y si queremos estudiarnos, en su justa medida, sería mucho más acertado seguir haciendo ciencia –aunque pueda parecer un eufemismo o una paradoja– desde una perspectiva global y no únicamente centrada en el ombligo antrópico

Bibliografía

Attenborough, D. (2021). Una vida en nuestro planeta. Mi testimonio y una visión para el futuro. Barcelona: Crítica.

Martínez, G., Serrallonga, J. i Santamans, J. (2021). Mite, vida i extinció. Animals Invisibles. Madrid: Nørdica / Capitán Swing

Serrallonga, J. (2018). ¿Reneix l’antropocentrisme? el Periódico de Catalunya, 16/01. pp 12.

Serrallonga, J. (2020). Dioses con pies de barro. El desafío humano a las leyes de la naturaleza… y sus consecuencias. Barcelona: Crítica

VV.AA. (2019). Som natura. El repte de l’Antropocè. Barcelona: Museu de Ciències Naturals de Barcelona i Generalitat de Catalunya

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