Inteligencia artificial: exclamaciones e interrogantes

7 octubre, 2022
Foto por Markus Winkler en Unsplash

A finales de abril se celebró en Barcelona el EdTech Congress, que, bajo el título «La tecnología educativa al servicio del aprendizaje», ofreció un espacio donde compartir conocimientos y herramientas para liderar la estrategia digital, una carrera en la que, sin duda, la inteligencia artificial (IA) está ya en los primeros puestos.

 

Inspiradoras e intensas, como un capítulo de Love, Death + Robots o Black Mirror , fueron las dos ponencias dedicadas a la inteligencia artificial en entornos educativos del EdTech Congress. Hábilmente tituladas «¡Hola, IA!» y «¿Hola, IA?» —con esos signos de exclamación para dar la bienvenida, y los signos de interrogación para sembrar la duda—, se centraron en el impacto que genera dicha tecnología. Las sesiones fueron conducidas por Marta García-Matos (Proyectos Educativos de CosmoCaixa), Marià Cano Santos (catedrático de Matemáticas de Secundaria del Departamento de Educación de la Generalitat de Cataluña), Toni Hernández (profesor en la Universidad Politécnica de Catalunya) y también, por Jorge Calvo (profesor del Colegio Europeo de Madrid), que compartió algunas de las experiencias puestas en práctica en el aula.

 

Que a nadie le sorprenda: la inteligencia artificial es una tecnología que ya está instalada en nuestras vidas, y fue una de las primeras reflexiones a la que nos invitó el ponente Marià Cano. Y es que, desde que nos levantamos, tenemos un algoritmo flotando a nuestro alrededor que nos sugiere qué música escuchar, qué noticias leer, qué lugares visitar, qué relaciones tener, cómo mejorar nuestro inglés, cuántos pasos dar para mantenernos sanos, en qué invertir nuestro dinero y a qué hora volver, de nuevo, a la cama. Podría decirse que la IA facilita que nuestras decisiones estén más cerca del acierto que nunca, pero… ¿acabará el algoritmo devorando a la intuición?

 

Marta García-Matos subrayó que no debemos olvidar que la IA está diseñada por humanos y enfocada a necesidades concretas, y que siempre actúa, grosso modo, siguiendo los siguientes pasos:

 

  • Recopilando los datos del entorno.
  • Interpretando estos datos para crear un patrón.
  • Procesando dicha información (razonando, tomando decisiones…).
  • Presentando una solución.
  • Analizando el resultado y adaptándolo para las próximas veces, similar a un proceso de aprendizaje.

 

Se diseñan sistemas de inteligencia artificial para responder a distintas necesidades educativas. Pensemos, por ejemplo, en las aplicaciones móviles de aprendizaje adaptativo, aquellas que se adecuan de forma automática a nuestro progreso, muy extendidas para facilitar el aprendizaje de idiomas, de instrumentos musicales y de las matemáticas.

 

La IA también se enfoca en el campo de las analíticas de aprendizaje (learning analytics) y el análisis de la huella digital que deja el estudiantado, para posteriormente adaptar los procesos, los recursos de aprendizaje y las actividades, con el objetivo de proporcionar esa experiencia personalizada y única. En escuelas de secundaria de Tokio se utilizan sistemas de tutoría avanzados basados en el análisis de datos, como por ejemplo Squirrel AI; sus algoritmos son capaces de diagnosticar con precisión los problemas de aprendizaje de cada estudiante. ¿Cómo? Recogiendo, analizando y procesando toda la información posible y, de este modo, ofreciendo una solución y una adaptación curricular automática. La clave de dicho algoritmo está en la división de cada contenido de estudio en pequeñísimas porciones conceptuales para que actúen como puntos de revisión o checkpoints.

 

¿Y qué hay de la creatividad? ¿Puede la inteligencia artificial ser original? ¿Puede encender la chispa de la inspiración?

La organización sin ánimo de lucro OpenAI —que, por cierto, cuenta con Elon Musk entre sus fundadores y persigue el objetivo de «garantizar que la inteligencia artificial beneficie a toda la humanidad»lidera el proyecto de código abierto (open source) DALL·E, un sistema capaz de crear imágenes realistas a partir de una descripción pero las combinaciones pueden ser infinitas y en distintas versiones. Hay una larga lista de espera para testear DALL·E 2. Todavía no es de acceso público, pero en su web podemos ver algunos ejemplos. Existe otro proyecto similar, también de código abierto, pero de menor envergadura, llamado DALL·E mini, que sí podemos probar, aunque la calidad de las imágenes y de la composición no es tan realista. Tampoco Google ha querido quedarse atrás y ha desarrollado Imagen, un proyecto basado en el mismo concepto.

 

Hablando del arte y la creatividad, una de las experiencias que mostró el profesor Jorge Calvo (ponente de la jornada y docente del Colegio Europeo de Madrid), que había llevado a cabo en el aula, giraba en torno al desarrollo y testeo de una aplicación que «interpreta» las emociones del rostro de distintos protagonistas de cuadros icónicos de la historia del arte, como La Gioconda, de Leonardo da Vinci, sin duda una forma distinta y original de acercar la historia del arte al alumnado, o también la actividad de matemáticas con alumnos de secundaria, para analizar el sistema de recomendación basado en contenidos, uno de los algoritmos clave que usa Netflix para proponernos series acordes con nuestros gustos.

 

Y ahora es cuando entramos en la trama intrigante de nuestro particular capítulo de Black Mirror, porque…

 

¿Cuán cerca está la inteligencia artificial, en ocasiones, de cruzar la frontera de la ética?

Durante la sesión de tarde, «¿Hola, IA?», el debate transcurrió en torno a la ética de algunas de las experiencias con inteligencia artificial que ya se están llevando a cabo. Por ejemplo, pudimos ver un fragmento de un reportaje en vídeo producido por The Wall Street Journal sobre la aplicación de un hardware y un software en una escuela de primaria china: una diadema que monitoriza a cada estudiante durante toda la jornada en el aula y que ofrece información, al momento, sobre su nivel de atención (si la luz de la diadema es roja, significa que está muy concentrado; si es azul, que está distraído). Esta diadema mide el nivel de concentración del estudiantado a través de tres electrodos, dos detrás de las orejas y uno en la frente, que captan las señales eléctricas que mandan las neuronas del cerebro. Toda esa información neuronal, además de ser visible en la diadema (a través de los códigos de color), llega en forma de datos a un ordenador situado en la mesa del profesor y genera informes que detallan los niveles de atención de cada estudiante por intervalos de diez minutos. Estos informes se comparten a través del móvil, diariamente, con los padres y madres. ¿Es necesario y eficiente someter a los estudiantes a ese control? ¿Es fiable dicha tecnología? Algunos expertos señalan que no, que en absoluto, ya que dichos electrodos no son totalmente fidedignos, porque varían su señal si el sujeto se siente, por ejemplo, nervioso o ansioso.

 

Como vemos, la inteligencia artificial tiene un gran potencial y ya está impactando en los procesos educativos, pero está en nuestras manos que no suponga una amenaza, y la implementación de códigos éticos es clave y necesaria para evitar situaciones en las que el estudiantado y las personas en general puedan sentirse expuestas a un sistema que puede ser enormemente invasivo.

 

 

 

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Autor / Autora
Técnica de asesoramiento pedagógico y diseño instruccional del equipo de Asesoramiento para el Diseño del Aprendizaje del eLearning Innovation Center (eLinC), de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).  Máster en Entornos de Enseñanza y Aprendizaje Mediados por Tecnologías Digitales por la Universidad de Barcelona. Técnica superior en Diseño y Desarrollo de Aplicaciones Informáticas. Docente de educación primaria especialista en educación musical y TAC.