Las paradojas de la profesionalización de la educación social

25 mayo, 2023
educación social

A propósito de la VIII Jornada de Educación Social de la UOC, Jordi Solé Blanch, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación, reflexiona sobre las paradojas de la profesión y sobre el presente y futuro de la educación social.

Cuatro años después de la celebración de la última Jornada de Educación Social de la UOC, el pasado sábado 20 de mayo celebramos su octava edición. Esta vez hemos dedicado la jornada al análisis del estado de la profesión, a reflexionar sobre el presente y el futuro de la educación social, teniendo en cuenta las paradojas que ha tenido que afrontar (y sigue afrontando) a lo largo de una trayectoria de más de treinta años, si situamos el año 1991, con la aprobación del Real Decreto que daba luz verde al despliegue universitario de la titulación, entonces una diplomatura, como la fecha oficial de su nacimiento.

En la presentación de la jornada decíamos que la pregunta en torno a la agencia de la profesión en el acompañamiento a las personas y sus efectos sobre las políticas públicas sigue estando sobre la mesa. Es decir que, después de haber logrado un lugar en el campo profesional gracias al impulso de las asociaciones y los colegios profesionales y gracias también a la existencia de unos estudios universitarios consolidados, sabemos que todavía hay mucho por hacer. Es por ello que existen muchos frentes abiertos.

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Eva Bretones, Asun Pié y Segundo Moyano, profesores de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC y ponentes de la VIII Jornada de Educación Social

Hagamos un breve repaso. Las políticas públicas de las últimas décadas, sometidas a la doxa neoliberal, no han hecho más que debilitar las estructuras básicas del estado del bienestar. La externalización sistemática y a menudo injustificada de todo tipo de programas y servicios por parte de las diferentes administraciones públicas, debiendo renovar licitaciones y subvenciones, en muchos casos, año tras año, ha provocado que las condiciones laborales de los profesionales se debiliten y la calidad de los servicios se deteriore, sin olvidar la imparable burocratización de un sistema que, por mucho que se automatice y digitalice, no hace más que multiplicar las tareas administrativas, encerrando a los profesionales en sus despachos mientras los somete, a ellos y a las personas que atienden, a protocolos ridículos y procesos de control y rendimiento de cuentas que solo sirven para acumular datos con los que justificar presuntas políticas públicas basadas en la evidencia.

Esto, en cuanto a las condiciones materiales, pero después habría que añadir las contradicciones propias de las profesiones del campo social: la ambigüedad de los encargos institucionales y las demandas sociales y políticas que se reciben, y que nos recuerdan permanentemente la paradoja insoslayable que siempre acompaña a estas profesiones en su función dialéctica entre el control y la ayuda; entre la necesidad de incorporar, en la práctica profesional diaria, la perspectiva del ajuste y adaptación y, al mismo tiempo, no abandonar el anhelo político de la transformación y el cambio social; entre el mesianismo y sus excesos paternalistas (por no hablar del surgimiento, en muchos ámbitos, de lo que podríamos llamar una “industria del rescate y la salvación”), y la pulsión policial, siempre alerta, sobre todo cuando reproducimos, con nuestras prácticas, marcos mentales discriminatorios que no hacen más que reforzar las desigualdades sociales; entre la omnipotencia, es decir, creer que la educación lo puede todo o que la educación social debe estar en todas partes, y la impotencia, dimitir porque no hay nada que hacer.

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Brígida Maestres, César Haba, Rut Barranco, Kaoutar Loukaini y Jordi Enjuanes durante la sesión celebrada el pasado 20 de mayo

Por último, cabe señalar también la propia debilidad de la profesión y su campo disciplinario a la hora de ofrecer marcos teóricos y modelos de trabajo capaces de orientar la práctica profesional desde una posición ética, política y pedagógica sólida y consistente. De hecho, la educación social ocupa, en muchos casos, un lugar de subordinación respecto a otras disciplinas. Por eso decimos que existe una especie de inversión proporcional (y esta es una de las paradojas) por el hecho de hallarnos ante una profesión más o menos reconocida y que, sin embargo, parece deslocalizada, subordinada y quizás invisibilizada, a pesar de su presencia formal.

Y es que en la definición del encargo que reciben los educadores y educadoras sociales intervienen muchos actores. Por un lado, tenemos las administraciones públicas, que no dictan solas las políticas sociales y, por el otro, los operadores privados que conforman el denominado tercer sector social, un conjunto de entidades, asociaciones y cooperativas muy diversas, etc., pero también de fundaciones y empresas privadas con intereses propios que hacen de los servicios sociales, un negocio y, a menudo, un negocio muy lucrativo. Gigantes empresariales que han vivido de la obra pública durante décadas siguen incrementando sus beneficios y los de sus accionistas mediante filiales dedicadas a múltiples servicios de atención a las personas, a menudo, a expensas de los recursos y los profesionales que se hacen cargo de los mismos. La educación social, para bien y para mal, es una profesión que forma parte de estas estructuras de gestión de los servicios públicos, y es probable que haya perdido una cierta capacidad de conectar y dotar de coherencia a los elementos teóricos, los objetivos, las funciones y procedimientos que enmarcan sus modelos de actuación. Las consecuencias se traducen, normalmente, en el malestar, en la desorientación, en la pérdida de sentido de muchos profesionales en torno a lo que hacen, etc. Incluso, desde la perspectiva de las nuevas generaciones, ni siquiera la memoria de las luchas que las precedió por el reconocimiento de la profesión, está presente en el sentido que dan a sus tareas y funciones. Sin embargo, los procesos de profesionalización siguen vivos.

¿Cómo repensar la educación social desde las prácticas?

Que estos procesos no retrocedan ante la complejidad de un contexto social y político que exige a los profesionales la aceptación de lógicas que escapan a los fines éticos y pedagógicos de sus funciones o que, simplemente, los deja a la deriva, depende de nuestra capacidad para sostener una posición capaz de articular el saber, las prácticas y la colaboración con los demás. También la colaboración entre disciplinas, así como la que debería promoverse entre el campo de la investigación universitaria y el de la práctica profesional.

Este ha sido uno de los objetivos de la jornada: articular el saber y las prácticas para conectar mundos que a veces no se encuentran. No es solo el viejo conflicto, entendemos que superado, entre la teoría y la práctica, sino las lógicas de funcionamiento de los profesionales y servicios en los que trabajan y un mundo académico noqueado por dinámicas productivas propias, a menudo alejadas de las realidades sociales y las urgencias a las que hay que dar respuesta. En las mesas de debate de la jornada se apuntaron algunos de los efectos más evidentes de las derivas académicas: producción científica ajena a las necesidades y lugares epistemológicos de los profesionales, ensimismada en las publicaciones científicas que solo impactan en las bases de datos que establecen los absurdos ránquines de las revistas académicas; prácticas de “extractivismo académico” para obtener datos a través de falsas investigaciones aplicadas; menosprecio de la voz de los profesionales y las personas que son objeto de las políticas sociales, etc.

Los nuevos horizontes de la educación social

La jornada sirvió para señalar estas cuestiones e ir más allá. En el momento en el que se comparten experiencias que dan cuenta de la construcción de la profesión, nos damos cuenta de los caminos recorridos y aquellos que todavía hay que recorrer. Los ponentes hablaron, por ejemplo, de la apuesta por las comunidades de práctica o la creación de espacios de formación impulsados por los propios profesionales, sin dar la espalda a la universidad, pero al margen de las dinámicas credencialistas y las modas teóricas que invaden el campo de la formación continua. Se hizo mención también al compromiso ético y político de la profesión, a la necesidad de traducir los encargos institucionales, que a menudo exigen cosas muy alejadas de lo que deberían hacer los profesionales (control, custodia, asistencialismo), en trabajo educativo; a los tiempos institucionales y los tiempos de la acción socioeducativa; al papel de la vocación; a la necesidad de construir y reforzar estructuras colectivas de autoorganización, como los colegios profesionales y los sindicatos, para compensar la fragmentación y la especialización, etc.

Hay mucho por hacer, pero tenemos un colectivo profesional vivo, dispuesto a superar la queja improductiva; una parte del mundo académico menos obediente a las derivas tecnocráticas del trabajo científico, haciendo una apuesta clara por la formación; y unos estudiantes que señalan nuevos horizontes. Desde el Grado de Educación Social de la UOC continuaremos nutriendo los anhelos de transformación de unos y otros mediante jornadas y actos como los que se celebraron el sábado pasado, abiertos al intercambio, a la conversación y al pensamiento.

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Autor / Autora
Jordi Solé Blanch, profesor y director del grado en Educación Social de la UOC y miembro del grupo LES.
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