Profe, ¿cómo se sale de la caverna?

16 octubre, 2024
deseo de aprender Imagen de Freepik

No estaba programado que el alumnado de aquel centro conociera el mito de la caverna de Platón. Esta lección de la antigua Grecia ha abierto la mente de infinitos estudiantes a lo largo del tiempo, superando censuras, olvidos, renacimientos o dogmatismos –actualmente, Platón y su caverna naufragan en un mar agitado y caótico de currículums y leyes educativas–.

A las 8h de la mañana, en un aula de 4º de la ESO de un instituto de un barrio de clase trabajadora de Barcelona, apareció Platón y su Caverna. El profesor de Ciencias Sociales, intentando despertar al alumnado adormilado, habló de la Caverna para introducir el origen del movimiento obrero; una pirueta dialéctica para hacerles entender qué era la conciencia, en este caso la conciencia de clase: despertar, aprender, entender, explorar; en definitiva, intentar saber quién es un mismo y no dejarse tomar el pelo.

La metáfora platónica funcionó y se abrió, a las 8:35h, un espacio mágico de interés real y de atención en aquella aula de 4º B. ¿Qué fuerza tenía todavía aquella vieja historia para cambiar el ambiente del aula? Se precipitaron las preguntas e, incluso, hubo un principio de debate. Y en medio de aquel intercambio, una alumna hizo una pregunta que pasó desapercibida para la mayoría de sus compañeros: «Profe, yo quiero salir de la caverna. ¿Cómo se sale?»

El profesor, consciente de la excepcionalidad de la pregunta, acabó improvisando una respuesta. Era la pregunta de las preguntas. Quizás el interrogante más importante de su trabajo. ¿Qué significaba, en realidad, “salir de la caverna” en el contexto actual? ¿Qué significaba para una adolescente como ella que veía como se acercaba el fin de una escolarización obligatoria que hacía demasiado tiempo que ya no aceptaba de buena gana? ¿Significaba salir de la ignorancia, de la conformidad, de las expectativas limitadoras de la sociedad? O quizás, como sospechaba, ¿era una combinación de todo ello? La respuesta, algo torpe y apresurada, fue en la línea de dar valor al conocimiento y al pensamiento crítico, de superar retos educativos, de no dejar de formarse y estar atenta… Pero aquella pregunta abrió un nuevo espacio y un nuevo interrogante, esta vez en el propio profesor: ¿cómo se podía ayudar a alguien a salir de una caverna si no sabe que está en ella? Aquella alumna parecía tener una ligera intuición, pero ¿y el resto? El conocimiento y el aprendizaje, ¿pueden hacer algo al respecto? Si es así, ¿qué relación tienen los alumnos de cualquier de nuestros centros educativos con el conocimiento y con el aprendizaje?

El deseo de aprender

No nos engañaremos. Su relación con el hecho de aprender, al menos en cuanto a los conocimientos escolares, no es buena. Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de “relación con el conocimiento” o con el “hecho de aprender”? Tal y como lo entendemos nosotros, nos referimos a cómo vives y entiendes el conocimiento en tu vida cotidiana, más allá de la dimensión estrictamente académica. Estamos hablando del conocimiento como algo integral y vertebrador de la experiencia humana: querer conocer las plantas de tu entorno, las calles y plazas, la historia de tu sociedad o el origen del universo. Aprender a hacer una tortilla, a pintar una pared, a labrar un huerto, a jugar a fútbol o a arreglar una bicicleta.

El deseo de aprender es, en esencia, un deseo de comprender el mundo que nos rodea y, a la vez, de entendernos a nosotros mismos en relación con este mundo. Cuando este deseo es vivo, el conocimiento se convierte en una herramienta poderosa para liberarnos de las cadenas de la ignorancia, como sugiere el mito platónico de la caverna. A veces, nos permite también rebelarnos contra todo tipo de servidumbres, las involuntarias y las voluntarias. Pero ¿qué pasa cuando este deseo está dormido, o saciado por el consumo y las imágenes con las cuales se nos bombardea a todas horas? O peor todavía, ¿qué pasa cuando este deseo se apaga por una educación que, a menudo, no consigue hacerlo germinar?

La pregunta de aquella alumna todavía resuena en el profesor, que no puede dejar de plantearse si el sistema educativo y él mismo está realmente preparado para despertar el deseo de aprender en sus alumnos. ¿Cómo esperar que el alumnado salga de su propia caverna si la educación misma los mantiene dentro de unos límites rígidos y predeterminados? No es tan solo que el conocimiento se presente como una carga, un deber sometido a procesos de evaluación que medirán los logros individuales, sino que, demasiado a menudo, se muestra como un conjunto de informaciones descontextualitzadas, ajenas a unas vidas saturadas de estímulos y mensajes que solo provocan desconcierto y confusión. Y esto, inevitablemente, paraliza y ahoga el deseo de aprender.

Sin embargo, este deseo, tal y como hacía patente la pregunta de aquella alumna, no está muerto; solo está latente, esperando el momento para despertar, que alguien lo encienda con su propio deseo de querer salir de la caverna. ¿Cómo lograr que el conocimiento no sea solo una carga académica, sino un proceso vivo, capaz de conectar con la experiencia cotidiana de nuestros alumnos y alumnas? Aprender no puede ser una obligación, sino una oportunidad para conocerse a uno mismo y comprender mejor el mundo. ¿Qué hace que los jóvenes de hoy no lo vivan como una oportunidad? 

Si la educación puede convertirse en una herramienta capaz de despertar el deseo de aprender, quizás entonces, solo quizás, nuestros alumnos y alumnas pueden empezar a ver el conocimiento como una llave que les permita abrir las puertas de su propia caverna. Pero salir de la caverna es un viaje compartido, un viaje que requiere compañeros de ruta dispuestos a explorar lo desconocido. Y aquí es cuando nos sentimos interpelados como profesores. Porque, en último término, salir de la caverna es una metáfora del despertar, del momento en que el alumno, pero también el profesor, dejan de ver la educación como un conjunto de tareas impuestas de las que cuesta encontrar un sentido hasta que se la empieza a percibir como una herramienta que ofrece un camino para entenderse a uno mismo y transformar la realidad. Una herramienta capaz de abrir aquellas preguntas que nos empujan a repensar nuestras creencias, desafiar nuestras limitaciones e imaginar nuevos horizontes. Cuando tanto los alumnos como los profesores se ven inmersos en este proceso, el aprendizaje deja de ser un simple trámite para convertirse en un acto de emancipación, una manera de liberarse de las sombras y construir un futuro más consciente y pleno.

 

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Autores / Autoras
Profesor de Historia del Instituto Joan Salvat-Papasseit de la Barceloneta (Barcelona).
Jordi Solé Blanch, profesor y director del grado en Educación Social de la UOC y miembro del grupo LES.
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