Bajo los escombros del paper, y de la academia
18 septiembre, 2024En este post publicamos algunos extractos de la exposición que impartió el profesor Jordi Solé Blanch en la fiesta de verano de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC como cierre del curso. Se le pidió que impartiera una “contra-conferencia”. Hay que situarse, pues, en un contexto libre de constreñimientos académicos y de prevenciones políticamente correctas.
Recuerdo una escena de Il postino (El cartero, conocida también como El cartero y Pablo Neruda) —una película modesta, pero maravillosa, dirigida por Michael Radford en 1994 a partir de la adaptación de la novela Ardiente paciencia, del escritor chileno Antonio Skármeta, con Philippe Noiriet en el papel de Pablo Neruda, Massimo Troissi en el del cartero, un actor que moriría al día siguiente de haber finalizado el rodaje de la película a causa de una dolencia cardíaca, y Maria Gracia Cucinotta en el de Beatrice—, en la que Pablo Neruda le reprocha a Mario, el cartero, con quien entabla una bonita amistad durante su exilio en la isla de Salina, en el norte de Sicilia, que use sus poemas para conquistar a Beatrice, de quien Mario se ha enamorado perdidamente. Ante el reproche del escritor, Mario le responde que la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita, y él la necesitaba, tan tímido e indeciso como era, para seducir a Beatrice, una mujer sencilla, pero llena de vida y sensualidad. ¡Y es que no era para menos! Era francamente difícil no sentirse cautivado por aquella camarera de la isla, así que Neruda tuvo que admitir que sus versos, una vez escritos, no le pertenecían, y que cada lector tenía el derecho de hacer con ellos lo que le conviniera; con más razón, aún, si él había nacido con el don de poner palabras a pasiones universales como el erotismo o el anhelo amoroso. Compartir ese don con los demás es casi un deber moral.
Recuerdo a menudo aquella escena, que no he vuelto a ver desde que se estrenó la película. Sin embargo, la impresión que me dejó el personaje interpretado por Massimo Troissi sigue muy viva en mi memoria porque es un claro ejemplo de lo que puede significar una vida de deseo cuando se alimenta de poesía. Si evoco aquella escena de El cartero es porque la poesía no la necesitamos solo para embellecer el amor y sublimar la pasión. Pienso en ella, por ejemplo, cada vez que leo uno paper. Lo aclaro enseguida.
Este año ha sido un curso en el que he tenido que leer muchos papers porque participo en un par de investigaciones. Había ratos en los que el cerebro se tornaba perezoso y el alma se apagaba. Algunos días me sentía, incluso, taciturno y desanimado, al ritmo de un vaivén constante entre el escepticismo, la perplejidad y el desengaño al ver en qué se ha convertido hoy la vida académica; al menos, por lo que se refiere a una de las tareas principales del encargo que debemos llevar a cabo como investigadores. Hablar de otra de nuestras funciones, la docencia universitaria, merecería otra lección.
En general, los trabajadores cognitivos, que es como nos denominan a los trabajadores de la economía del conocimiento esos sociólogos afanados por captar las tendencias de la época, somos figuras tristes y fatigadas. A estas alturas de la comedia, sabemos muy bien que la economía del conocimiento no tiene nada de glamurosa. No sé si os ocurre también a vosotros, pero la sensación que tengo al leer un paper, salvo contadas excepciones, es muy parecida al aturdimiento tedioso y narcotizante de verte haciendo scroll en cualquier red social o navegando de un lugar a otro por internet sin un destino definido. Si el scroll es una de las imágenes contemporáneas del vacío existencial, es una sensación que debemos tomarnos en serio, por eso quiero dedicar una breve reflexión al paper en esta breve lección de fin de curso.
Todos los profesores de universidad debemos leer papers para llevar a cabo nuestras investigaciones. Hay que estar al día de lo que se produce en nuestras áreas de conocimiento. Pero hay tantos papers. Hay papers para todo. Para avanzar los resultados de una investigación, para comparar esos resultados con los resultados obtenidos en otras investigaciones previas, para verificar, pues, los resultados, para ratificarlos, para refutarlos, para evaluarlos, para registrarlos, para medirlos, para clasificarlos, para destriparlos, y desmenuzarlos, y triturarlos…, hasta que no quede ningún resultado, ningún dato, ninguna evidencia por catalogar, por recopilar, por seleccionar, por describir o analizar. Es así como nos entretenemos en la academia. Horas y horas. ¿Para qué? Para publicar más papers y más datos; más y más de lo mismo en una acumulación absurda que no tiene fin.
Es muy conocida la expresión “Publish or perish” entre nosotros. Hombres y mujeres, niños y niñas, todo aquello de lo que nos ocupamos en las investigaciones que llevamos a cabo desde nuestros ámbitos —desde la educación, la psicología, la sociología, la antropología, la salud, etc.—, descritos en los papers tal y como se describen las cosas objetivas; reducidos, por tanto, a hechos, a datos, a evidencias. Las ciencias humanas y las ciencias sociales convertidas en ciencias de hechos y datos, haciendo de aquello-que-ya-es el único horizonte posible. Papers y más papers rebosantes de evidencias y carentes de problemas y verdaderas preguntas.
Al paper le falta poesía, admitámoslo. Observo lo que ocurre en mi campo, el de la pedagogía, extrapolable a muchos otros, y me aflige ver cómo los editores de las revistas académicas rechazan los textos que no encajan en el formato IMRD (Introducción, Metodología, Resultados y Discusión) que ha impuesto la APA —y que tan dócilmente hemos aceptado. No hay espacio para otros registros y géneros de escritura que se han utilizado a lo largo de la historia de la educación: la correspondencia, el dietario, los diálogos, los relatos de formación, los tratados, las disertaciones, los aforismos, etc. Se impone un único formato que nos somete a todo tipo de restricciones.
Son pocas las revistas que resisten —que aceptan, por ejemplo, un ensayo como una producción académica válida—, pero lo hacen habiendo perdido todo su atrevimiento porque saben que pueden acabar desbancadas de las bases de datos que miden los índices de impacto y, por lo que dicen, la calidad de la producción científica. La obsesión por las métricas, la productividad, los rankings internacionales; todo un sistema de clasificación aberrante que ya no sabe lo que mide y clasifica, pero que proporciona beneficios millonarios a grandes conglomerados mediáticos y editoriales (Thomson Reuters, Elsevier, Taylor & Francis, Springer, Wiley, Sage) que, con nuestros impuestos (las universidades y grupos de investigación deben pasar por caja si se quieren leer los artículos de muchas revistas y, en muchos casos, deben hacerlo también para publicar en ellas; incluso para hacerlo en abierto) y el trabajo gratuito de los académicos que participan en los procesos de revisión, han hecho de las publicaciones científicas un negocio desvergonzadamente lucrativo; por no hablar de la gran cantidad de desviaciones detectadas, a causa de la presión que se ejerce sobre nosotros, en los comportamientos de publicación de muchos investigadores y académicos.
El paper, pues, como fetiche del mercado científico y académico, en el sentido marxista del término, es decir, como si poseyera una calidad propia donde el valor de uso lo otorga la transferencia, uno de estos significantes amo que circulan en la retórica universitaria actual, tan plena de eufemismos, mientras el valor de cambio lo deciden unos índices de impacto obtenidos mediante algoritmos que proporcionan métricas cuantitativas que son algo más que un simple recuento de citas, condicionados como están por todo tipo de sesgos. Pero el paper también como una forma de estandarizar la escritura académica, y, por lo tanto, una forma de estandarizar el pensamiento. Y nadie se inmuta. Y es así como, en la academia, todos escribimos igual que el ChatGPT, por ejemplo. No es un mal que se haya extendido solo entre nuestros estudiantes. Hace mucho tiempo que nosotros mismos nos adelantamos a ellos, porque el paper es, sobre todo, un patrón lingüístico —una gramática, una sintaxis, un vocabulario pobre y restringido—, y unas pautas de publicación tan arbitrarias como intransigentes. Quizás por ello celebramos ahora la aparición de las herramientas de inteligencia artificial generativa. Una vez han aprendido este patrón lingüístico, son mucho más efectivas y rápidas que nosotros. Y confiamos en ellas como aliadas necesarias porque nos permiten ser más productivos, aunque para ello nos volvamos un poco más estúpidos e incompetentes.
Sí, ya sé que hay revistas de todo tipo y que se publica de todo, pero no todas ocupan el mismo lugar en los rankings o juegan en otra liga —la misma en la que juega, por ejemplo, la Hoja Parroquial de mi pueblo o un blog de internet, tal y como me dijeron una vez en una de estas evaluaciones anónimas del peer review— ni todo el mundo puede escribir y publicar lo que quiera. Depende del momento en el que se encuentra cada cual en su carrera académica, del vacío que sienta en su estómago si no tiene las necesidades materiales del todo cubiertas, o de su ambición. Nadie trabaja de forma desinteresada. Aunque hay quien afirma sinceramente que le gusta aquello que hace —y no tenemos motivos para dudar de ello—, siempre se impone una necesidad pecuniaria, o una dosis de reconocimiento mundano, una ligera compensación narcisista que, en nuestro ámbito, tiene vínculos estrechos con nuestra cuenta corriente. Porque no se trata solo de compensaciones simbólicas, que también. Estas compensaciones se materializan, por ejemplo, en un sexenio o una acreditación, y, llegado el momento —porque nunca es suficiente y el sistema te recuerda constantemente que siempre estás en falta, que debes producir más—, un cambio de posición en la carrera académica a fin de subir un grado en la escala salarial y ampliar las posibilidades de estabilización; una promoción que no dejarás de agradecer si así puedes consolidar tus aspiraciones de clase media mínimamente acomodada por las que tanto estás luchando, convencido de todo lo que aportas —con tu trabajo, es decir, con el “impacto” de la publicación de tus papers—, a la sociedad.
Ya sé también que las instituciones están llenas de gente alternativa (y bien integrada) que puede entretenerse con sus cosas (unos más que otros, hay que admitirlo): con sus deconstrucciones, con sus fenomenologías, con sus hermenéuticas, con su teoría crítica de la crítica de la teoría, con su metafísica trans, con sus disidencias discursivas, etc.; así como de compañeros y compañeras más pragmáticos y bienintencionados que creen honestamente en aquello que hacen (en nuestro campo, por ejemplo, en la evaluación auténtica y digital, en la enseñanza competencial, en el feedback, en la educación emocional, en el ABS, en el ABP, en el DUI, y el VHS; en la neuroeducación, en la psicología positiva, incluso en la machine learning, en las TIC, en el TOC, en el TEA, en el TDAH y, si es necesario, en el Tik Tok), pero al paper lo encuentras en todas partes, lo coloniza todo.
Pienso de nuevo en mi campo, el de la pedagogía, y me pregunto quién podría escribir ahora un nuevo Poema pedagógico, una Carta a una maestra, El devenir de nuestras escuelas, La educación como práctica de la libertad o Cómo hay que amar a un niño. Por supuesto que se publican libros con títulos parecidos, no está todo perdido, pero os invito a revisar los títulos de los artículos que se han publicado en los últimos cinco años en cualquiera de las revistas españolas indexadas en el primer cuartil de Scopus. Acabaréis enseguida, porque este cuartil lo ocupan sobre todo las revistas anglosajonas, que dominan todos los rankings y todas esas martingalas de la calidad. Después nos extrañamos que los profesionales de nuestros ámbitos no se acerquen a las revistas académicas —bien, esto en el supuesto que sepan que existen—, o que reciban con escepticismo —si no forman parte del séquito de los creyentes— a todos aquellos que, sin haber pisado el aula de una escuela en su vida, les hablan de la educación basada en las evidencias, o, en el ámbito de la psicología, de marcadores genéticos, anatómicos y bioquímicos para explicar la psicopatología de la vida cotidiana mientras se niega cualquier componente subjetivo o social a los malestares contemporáneos, así como el resto de mitologías científicas que hacemos circular por esas revistas, bien avaladas por el método, que por eso nos proporciona tan buenos resultados. ¿Como olvidar aquella escena memorable de El cartero y Pablo Neruda cuando tanta falta nos hace, la poesía, en la academia?
Todo es mucho más complejo y menos caricaturesco, lo sé, pero reconozcámoslo abiertamente, en todos los campos del conocimiento, la escritura académica que se adhiere a los constreñimientos que impone el paper se ha vuelto plana, predecible, terriblemente tediosa y rutinaria. Ha perdido entusiasmo, capacidad narrativa, ironía y creatividad. Además, se ha cerrado en un desafortunado círculo academicista en el que solo nos encontramos los «expertos» en un infinito juego de espejos por más abierta que se quiera presentar hoy la ciencia. Es el efecto de una lógica investigadora que somete a todo el mundo a un estricto régimen disciplinario, del que dependen las carreras académicas y las posibilidades laborales, si bien cuenta, paradójicamente, con la «servidumbre voluntaria» de todos aquellos que participamos en él, en la medida que obtenemos, para decirlo en términos lacanianos, un plus de goce por nuestro rendimiento y productividad mientras creemos acercarnos al espejismo de la excelencia, amenazada siempre por la angustia del fracaso y, sobre todo, por la evaluación y los veredictos de los sistemas de acreditación y sus discursos tecnocráticos de la garantía de la calidad. El resultado final es que se ha dejado de hacer de la escritura un lugar desde el que poder elaborar una experiencia personal y colectiva en torno a un problema o una pregunta que interpele de verdad. Hemos dejado de escribir aquello que necesitamos pensar a cambio de publicar trabajos tan previsibles como repetitivos e insustanciales; en muchos casos, a costa de un profundo desgarro interior.
Todo el mundo tiene que investigar y publicar papers, nadie puede estudiar, menos aún dedicar tiempo de calidad a la docencia; pero todo ello no es más que el resultado de una mistificación sociopolítica, un criterio práctico que se utiliza para presentarse y significarse en el campo universitario, que, como todo campo —tal y como nos alertaba Bourdieu en Homo academicus (Siglo XXI, 2008)— es «el lugar de una lucha para determinar las condiciones y los criterios de pertenencia y de la jerarquía legítimas» (p. 23). Lo que cuenta es el reconocimiento del sistema. El nuestro, y el de la universidad a la que dejaremos buena parte de nuestra vida. Y todo ello, ¿para qué? Por un par de líneas más en el currículum, una ligera satisfacción narcisista, seis posiciones arriba o abajo en el índice de Shanghái, donde parece jugarse el prestigio de la universidad, etc., etc.
Mientras tanto, ¿qué perdemos por el camino? Por el camino perdemos la poesía, la posibilidad de apasionarnos de verdad por el estudio de las cosas del mundo, de comprometernos con los otros y poder escribir desde este compromiso. No necesitamos solo las palabras de los poetas. Necesitamos también su pasión. Para no languidecer. Para no secarnos. Es el ejemplo vital que nos ofrece Mario, el cartero de Pablo Neruda, si no queremos acabar enterrados bajo los escombros de los papers, donde la academia se hunde poco a poco, ni ser los protagonistas de su destrucción.