Ignasi Gozalo Salellas: «Hay excepcionalidad por todas partes y el vehículo siempre son los medios»

27/09/2023
ignasi-gozalo-salellas Ignasi Gozalo Salellas (Foto cedida por el autor)

 Ignasi Gozalo Salellas es profesor de los estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Doctor en Filosofía por la Universidad de Pensilvania, y licenciado en Comunicación Audiovisual y en Humanidades, empezó a colaborar con la UOC desde Estados Unidos, donde ha trabajado en la industria audiovisual, ha investigado y ha ejercido docencia a lo largo de una década. Allí vivió, dice, dos etapas: la de la burbuja progresista y la del despertar a la América real. De regreso a Barcelona como profesor de la UOC desde hace más de un año, acaba de publicar el libro La excepcionalidad permanente, una obra que quiere concienciar sobre la angustia continua que, en nuestros años 20 del siglo xxi, producen los poderes fácticos y los medios de comunicación. Una excepcionalidad que se ha convertido en normalidad.

¿Qué te llevó a marcharte a Estados Unidos?

Fue un cambio de vida. Me dedicaba a la comunicación, como creativo y como realizador en televisión y publicidad. Tenía muy claro que quería retomar los estudios. Había cursado un máster en museografía y teoría crítica, en el que entré en contacto con profesores de universidades americanas, y me animé a proseguir el doctorado en Estados Unidos mientras trabajaba en vídeos educativos para entidades no gubernamentales, como el Interamerican Development Bank (IDB).

¿El doctorado fue en filosofía?

Allí lo llaman «estudios culturales», dentro de los departamentos de lenguas y literatura. Me centré en los lenguajes visuales y discursivos de la cultura española menos conocida de las últimas décadas. Me adentré en la tradición germánica de la media archeology. Fueron cinco años de doctorado en Penn y un año de visiting scholar en Columbia, y, a continuación, trabajé en otras universidades, donde descubrí la América real, la que no es patrimonio de las élites. Los primeros cinco años había vivido en una burbuja: las grandes universidades se encargan de captar talento internacional, pero al salir del doctorado empieza la otra realidad. Aun así, decidí aportar, después de casi quince años en la industria, la vertiente analítica y la reflexión teórica del funcionamiento de la comunicación a estudiantes de grado y de doctorado como profesor. Primero, en la Universidad Estatal de Ohio, y, más tarde, en la Bryn Mawr College.

Curioso, este despertar, después de cinco años.

En Nueva York estás en una isla: alrededor de un 70 % de personas votan a los demócratas. No hay ninguna ciudad en España donde un partido político consiga ese número de votos. Quienes viven en ciudades como Nueva York, Filadelfia o San Francisco están en una isla de progres, donde todo el mundo está de acuerdo. Yo desperté cuando aparece el fenómeno Trump, en 2016. Entonces aún estaba en Nueva York, y decidí, junto con los compañeros Álvaro Guzmán Bastida y Héctor Muniente, hacer una serie documental que finalmente se publicó en Ctxt.

El primer proyecto audiovisual de Ctxt, sobre Estados Unidos…

Sí. Y el deseo de explicar la incógnita Trump, es decir, de intentar entender un país tan vasto como Estados Unidos, llega cuando voy a trabajar a Ohio. Allí hay muchos estudiantes conservadores. Eso me brinda una mirada rica, amplia, en el sentido de entender que no son gente como Trump. Muchos son gente de buena fe a quienes nadie ha dado expectativas de futuro. Y eso lo vemos en Europa con los populismos. De todo lo que vivíamos en la calle, y también de la serie audiovisual que habíamos hecho, sale la idea de escribir el libro de entrevistas El síntoma Trump. Qué hacer ante la ola reaccionaria.

¿Cómo explicarías el fenómeno Trump, en pocas palabras?

El 50 % del país no tiene pasaporte y, por lo tanto, no ha salido nunca del país. Son datos clarísimos, que explican el aislacionismo del país y los muchos millones de votantes que llegó a tener Trump. Él sabía que tenía más posibilidades de ganar cuanto más al extremo se situara del conservadurismo, el aislacionismo y, también, del negacionismo en todas sus dimensiones, incluso la de la COVID-19. Jugó el rol de outsider absoluto, incluso en la forma de comunicarse, vía Twitter y haciendo uso de un lenguaje chapucero, básico e indigno. En el año 2020, a raíz de la campaña de reelección, empiezo a hacer crónicas sobre el tema para que son el motor del nuevo libro que ahora se publica. En aquel momento es cuando empieza un periodo basado en la producción discursiva de excepcionalidad. Hay excepcionalidad por todas partes, y el vehículo siempre son los medios. Trump lo hace muy bien, y Europa también cae.

¿Haber pasado tiempo en Estados Unidos te ha ayudado a entender mejor Europa?

Trump fue modelo y pionero, pero, sobre todo, síntoma de una enfermedad. Trump no es la enfermedad: él es la visualización de la herida. La herida es un deseo de volver a un pasado glorioso que ya no puede ser real y que deja a mucha gente frustrada. También me sirvió para entender y mirar el fenómeno del procés desde una lectura populista y antagonista que, filosóficamente, pienso que es el concepto central de esta década. Las figuras que han logrado más votos o más éxito lo han basado todo en el antagonismo y no en la deliberación, un concepto que me interesa más que el consenso.

Hablas de ello en tu nuevo libro. Se llama La excepcionalidad permanente, y en él dices que quieres provocar para concienciar. ¿Nos lo explicas?

He intentado explicarlo hace poco en un artículo en el diario Ara. Hablo de la era algorítmica, un tiempo que no supera pero sí engulle la era de la información, que tan bien teorizó hace décadas Manuel Castells. La información que tiene valor ya no es lo que sucede en el mundo, es nosotros: nuestros consumos, nuestros datos, nuestra exposición. Toda la exposición pública que hacemos nos genera unos réditos que tienen que ver con el ego, la notoriedad. Cuando nos levantamos por la mañana, buscamos qué ha dicho tal persona, en vez de qué ha pasado en el mundo. En Twitter no importa qué, sino quién lo ha dicho. Solo hay urgencia y emergencias de todo tipo. (…)                                            

Todo eso nos produce una sensación permanente de excepcionalidad. De hecho, en el libro parto de un concepto teórico, que es el de estado de excepción, un concepto jurídico-político que fue teorizado en los años 20 y 30 por Carl Schmitt, el pensador de referencia del Tercer Reich. Este concepto describe el momento en que el estado queda superado por una figura soberana, el dictador, que decreta el estado de excepción, una especie de instante milagroso. Eso pasó en el nazismo. Después, el estado de excepción se incorporó a las constituciones, pero, por ejemplo, en España, en los más de 40 años de democracia solo se ha aplicado en 75 por «actos subversivos» en el País Vasco. De forma similar, el estado de alarma solo se aplicó en la huelga de controladores aéreos del año 2010, antes de la llegada de la pandemia. Desde la COVID-19 no paramos de decretar estados de alarma y de emergencia. Y nos estamos dejando conquistar por esa ansiedad que nos transmiten los poderes fácticos y los medios.

Cuando dices medios, ¿hablas de medios convencionales y de redes sociales?

Redes sociales, pero también soy crítico con los medios tradicionales, porque entran en esa lógica.

Dices que hace falta una soberanía colectiva.

El giro de la era de la información a la era del algoritmo es trasladar un espacio común, la esfera pública, a un espacio privado, que es la relación de las empresas tecnológicas con cada uno de nosotros. Se ha privatizado la esfera pública. Hasta que no discutamos esa relación extractivista entre empresas e individuos, solo perderemos. ¡Colectivicémonos, volvamos a la esfera pública, busquemos otras formas de relacionarnos, creemos cuentas colectivas en las redes sociales!

El bien común, ¿verdad?

Sí. El procés fue interesante por cómo presionaron las organizaciones cívicas a las instituciones y las empresas, pese a hacerlo influidas por una especie de realismo mágico. La autoorganización es muy importante. Siento que la gente se solidariza poco, y existen muchos tipos de solidaridades que podríamos activar. Pensemos en los años 70, en la importancia que tuvieron las asociaciones de vecinos, las radios libres, las televisiones locales, temas que estudio en otro libro que saldrá el año que viene. Hoy, en Barcelona, se discute sobre las supermanzanas; es urgente que las asociaciones de vecinos y los ciudadanos se posicionen. ¿Qué es eso de que se destrocen las supermanzanas porque una persona o un grupo de interés lo ha denunciado y un juez le ha dado la razón? ¿Qué dice el bien común?

La información que tiene valor ya no es lo que sucede en el mundo, es nosotros: nuestros consumos, nuestros datos, nuestra exposición.

En tu perfil de la UOC dices que tenemos que hacernos responsables de la sociedad en la que vivimos.

Creo que la profesión debe ir siempre vinculada a la vocación y a hacerse responsable de lo que puedes aportar a la sociedad, porque todos los trabajos pueden ser contribuyentes.

En Estados Unidos estabas conectado con Cataluña y España, sobre todo, a través de las colaboraciones en el periódico Ara y en Ctxt, y decidiste optar a una plaza en la UOC. ¿Cómo fue?

En parte, por responsabilidad. Estás en Estados Unidos, trabajas para una universidad americana, estás bien considerado y escribes tu articulito mensual, y lo sientes como una actitud un poco cínica y poco conectada con la realidad. Si quieres hacer investigación y escribir sobre tu tierra, vete allí. Además, influyeron aspectos personales, como la paternidad. Y el territorio, la relación con la tierra: una sociedad que me lo había dado todo. Estudié en la pública desde los 3 hasta los 26 años. Hice dos carreras y un máster, y quería retribuirlo a la sociedad. Ya hacía un tiempo que colaboraba con la UOC, en el Máster universitario de Filosofía para los Retos Contemporáneos, y surgió la opción de una plaza. Fue una oportunidad que no había que dejar escapar. La UOC tiene una mirada más internacional y más abierta al mundo que las otras universidades catalanas. Me gusta que en ella se aprenda y se haga investigación en tres idiomas.

Eres profesor responsable de varias asignaturas. ¿Qué te gusta que se lleven de ti tus alumnos?

Hablaría de alumnado y de profesorado colaborador, que somos, todos juntos, una comunidad de aprendizaje. En el campo de la comunicación, me gusta transmitir que la creatividad nunca debe desvincularse de la responsabilidad social. En la comunicación virtual, es muy importante si lo que dices es banal y antiinformativo, o serio e informativo. Y, hoy en día, eso depende de nosotros. Nuestra posición como productores de discurso, nuestra capacidad de influir, es mucho más fuerte que hace veinte años. En el campo de la filosofía, miramos el mundo a partir de las narrativas. Por ejemplo, cómo han explicado The New York Times, Al Jazeera, El País y Ara un mismo tema. Que la comunicación vaya hacia la realidad y que la realidad la entendamos mejor desde la comunicación.

Y, en cuanto a la investigación, en la UOC estás en el grupo MUSSOL, un nombre curioso.

Tiene una serie de connotaciones en el mundo de la filosofía que tienen que ver con estar alerta. En el grupo de investigación estamos muy atentos a los retos contemporáneos, a lo que pasa en el mundo. Trabajamos conceptos en concreto: hemos realizado un primer trabajo sobre el concepto de imaginación. Para mí, el gran motor de la comunicación es la creatividad, y hoy, en la cultura de los followers, pendientes de los seguidores, de la fiebre informativa, de ser disruptivos o provocadores, a menudo nos olvidamos de ser imaginativos en el sentido de ser valientes, de equivocarnos, de ser tentativos. Ahora estoy trabajando sobre el concepto de razón tecnodigital: cómo nuestro cerebro ya ha sido reformateado por la lógica del algoritmo. El aparato no va con nosotros: el aparato está dentro de nosotros.

Y aquí entra la neurociencia.

Por supuesto. Nuestro lenguaje responde a las lógicas de la razón algorítmica, o tecnodigital. Es una razón que solo nos relaciona con quienes piensan igual que nosotros, con quienes usan las mismas palabras o tags. Los pro-Trump y los anti-Trump. Los proindependencia y los antiindependencia. Es un gran espacio, pero lleno de pequeñas esferas opacas. De hecho, la lógica populista se fundamenta 100 % en la lógica del antagonismo, porque es exculpatoria. Nos quita de encima la responsabilidad sobre nosotros mismos: siempre hay alguien que nos manipula o que nos quiere «oprimir». Tenemos que volver a recuperar el placer de la discusión. Estar más dispuestos a que el otro no opine como nosotros. Y, sobre todo, a no denigrar las opiniones diferentes.

Estamos en los años 20 del siglo xxi… A ver cómo serán los años 30. ¿Qué mundo deseas para tu hija?

Yo vivo entre Barcelona y Madrid, y el discurso mutuo es absolutamente excluyente. Mi hija es en parte catalana, castellana, gallega y americana. Mi mensaje hacia ella siempre será clarísimo: en el encuentro y en la impureza de las identidades es donde se encuentra la riqueza de los matices.

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Autor / Autora
Periodista col·laboradora
Comentarios
David07/11/2023 a las 4:34 pm

felicidades es un exelente articulo. Saludos

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