Trastorno límite de la personalidad: cuando la locura se disfraza de cordura (y viceversa)
18 febrero, 2025¿Cuál es el origen del Trastorno Límite de la Personalidad? ¿Cuáles son sus síntomas? ¿Tiene curación? Enric Soler Labajos, psicólogo relacional y profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, analiza las manifestaciones clínicas, el impacto en la vida cotidiana y las posibilidades de intervención, ofreciendo una visión integral de este trastorno que, pese a su prevalencia, sigue siendo infradiagnosticado.
¿Cómo se siente una persona con TLP?
¿Te imaginas toda la vida andando como un funambulista sobre un cable de acero, con el riesgo constante de despeñarte hacia el lado de la locura, teniendo la cordura suficiente para ser consciente del riesgo, y de su cronicidad?
El trastorno límite de la personalidad ubica a quien lo padece en una frontera entre la cordura y la locura, pero no porque esté fuera de la realidad, sino porque sus emociones son de tal intensidad, que superan la capacidad de autorregulación emocional.
Si hay un trastorno mental especialmente cruel, es el trastorno límite de la personalidad.
¿Qué ocurre en la mente de una persona con TLP?
El TLP es una patología asociada a la personalidad, y en la mayoría de los casos ocurre cuando esta queda fragmentada en dos partes que dejan de interaccionar entre ellas (disociación). Por una parte, hay una personalidad aparentemente normal (PAN), que funciona perfectamente y sirve para poder hacer frente a las necesidades prácticas de la vida (estudiar, trabajar…), y por el otro una personalidad emocional (PE), la encargada de procesar las emociones, que deja de funcionar, impidiendo tolerar que algo no salga según las expectativas creadas a priori.
¿Qué síntomas tiene?
La sintomatología es muy perversa, porque tiene una dinámica circular. Es un círculo cerrado que se retroalimenta, del cual es muy difícil salir.
A nivel relacional, se experimenta un auténtico pavor al abandono, de modo que, para evitarlo, la persona ejecuta unas conductas de control desmedido sobre los demás, que se convierten en una profecía autocumplida, y son los demás que acaban abandonando a la persona con TLP por no poder soportar la intensidad de las demandas de confirmación de afecto que se les requiere. Una vez establecido el patrón “me aterra que me abandonen – pongo en marcha todos mis recursos para que no lo hagan, aunque sean tan poco éticos como la manipulación, el chantaje emocional, el acoso, y la mentira – finalmente me abandonan, tal y como predecía al principio – lo vuelvo a intentar con otra persona”. Y así sucesivamente. Es decir que, el intento de solución agrava todavía más el problema, y a cada vuelta que se da al círculo cerrado aumenta la ansiedad y el malestar emocional.
La frustración derivada de los fracasos en las relaciones interpersonales hace que la persona llegue a distorsionar la percepción de su imagen e identidad.
¿Cómo se relaciona la persona con TLP?
Este modo de relacionarse no consigue nada más que acumular relaciones interpersonales inestables, intensas, que se mueven de un extremo a otro entre la idealización a la demonización del otro. La frustración derivada de los fracasos en las relaciones interpersonales hace que la persona llegue a distorsionar la percepción de su imagen e identidad. Esto genera unos niveles de ansiedad estratosféricos que se intentan paliar con otros intentos de solución que agravan el problema de la ansiedad insoportable. Es decir: conductas impulsivas, como el abuso de sustancias, incluidos psicofármacos (si me anestesio, dejo de sentir), ingesta compulsiva (si me lleno, sacio parte de mi vacío interno), sexo de riesgo (no pongo límites con tal de facilitar al máximo escenarios de aparente afecto íntimo), conducción temeraria (libero adrenalina que alivie el malestar emocional), etc. Los intentos de suicidio son frecuentes. No nos engañemos: el que se suicida no quiere morir, quiere dejar de sufrir. Esto nos indica el desmedido nivel de angustia que llega a experimentar la persona con TLP. Son frecuentes las autolesiones, como los cortes en la piel. Solamente el dolor físico puede lograr dejar de sentir el dolor psíquico. Son intentos de soluciones que nunca van a ser eficaces, y que finalmente se añadirán al problema de base, que es el propio trastorno. Vivir en estas condiciones, sin la personalidad emocional en condiciones de poder gestionar el dolor del alma, genera una sensación permanente de vacío interno. La frustración provocada por ese vacío se manifiesta con ataques de ira, y no son infrecuentes las ideas paranoides con una posterior consciencia plena de que no eran reales, con el consiguiente miedo a enloquecer. Pero no. No están locas. Sienten permanentemente uno de los mayores temores del ser humano: el miedo a enloquecer; a perder el control.
¿Cómo se ven afectados los familiares?
Si la personalidad es la forma específica que tiene una persona de sentir, pensar, reaccionar, comportarse y relacionarse con los demás, El TLP no solamente afectará a las personas que lo padecen. Es especialmente cruel con la familia, que no puede comprender ni procesar lo qué está ocurriendo, y puede estar décadas intentando encontrar la forma de relacionarse con la persona que sufre TLP. A menudo los familiares lo han intentado todo, y sienten que, hagan lo que hagan, nunca van a obtener buenos resultados. Una persona con un TLP no tratado es imposible de satisfacer.
¿Sientes que te relacionas con alguien imposible de satisfacer? Pues quizás te encuentres ante alguien que padece un TLP
¿Incide el TLP en los hijos de la persona afectada?
Una persona con un TLP sin tratamiento, perpetua el patrón de la incapacidad de ofrecer nutrición emocional a las siguientes generaciones, y por lo tanto hace que la familia deje de ser el ecosistema natural de crecimiento personal. Si esa función protectora y facilitadora del desarrollo no existe, si no hay una fuente de nutrición emocional, ni un vínculo de apego seguro, la familia no tiene sentido de existir, y se destruye. En la mayoría de los casos, ante un TLP no tratado, y la familia afectada habiendo llegado a su límite, la única salvación es el distanciamiento personal, como mecanismo de autoprotección, tal como se puede ver en el filme As They Made Us. El TLP pasa silenciosamente de una generación a otra. Los hijos de madres con TLP reciben rechazo, invalidación emocional y una afectividad ambivalente, y son más propensos a padecer otro TLP, baja autoestima, dificultades de gestión emocional, fracaso escolar, estrés postraumático, ansiedad y depresión. Son hijos a los que solo se les ha podido ofrecer un apego desorganizado, es decir, una crianza a base de descalificaciones sistemáticas, gritos, ira descontrolada e incluso violencia física y psicológica. No es lo mismo haber crecido en un contexto protector, que, en un entorno ambivalente, es decir, aparentemente protector pero amenazante de peligro al mismo tiempo. Ahí está la génesis del maltratador (aunque no todo hijo de TLP se convierta en agresor, sí aquellos que no pudieron o supieron escapar del modelo). El aumento de casos de maltrato a mujeres que vemos hoy nos da una idea de la cantidad de abusos infantiles que quedaron silenciados en la intimidad de las familias en generaciones anteriores. El abuso emocional, físico y sexual no está libre de consecuencias que resultan extraordinariamente difíciles de reparar a posteriori.
¿Es posible plantear un escenario todavía más dramático?
Desgraciadamente sí. Se estima que la prevalencia del TLP está entre el 0,5% y el 5,9% de la población general. EL TLP es trastorno de personalidad más común, presente en un 10% de los usuarios de los servicios de salud mental ambulatorios, en un 25% de los usuarios hospitalizados. No podemos fiarnos mucho de estos datos porque el TLP es un trastorno mental muy infradiagnosticado. Al permanecer intacta la personalidad aparentemente normal, la mayoría de los casos puede hacer una vida más o menos adaptativa, aunque nunca libre de una gran angustia y sufrimiento, y no es hasta que se produce un brote que requiera la intervención de servicios públicos, como un intento de suicidio, que la persona no entra en contacto con el sistema público de salud y no puede ser contabilizada en los estudios de prevalencia. De este modo, hay personas que pueden llegar a vivir toda la vida sufriendo lo insufrible, irradiando y provocando un sufrimiento insoportable a sus familiares, sin saber la razón de su malestar extremo y, por lo tanto, sin posibilidad de ponerle remedio. Otras personas pueden tardar décadas en poner nombre y apellido a su insoportable dolor emocional. Y sin identificar el problema es imposible ponerle solución.
Además, hay que señalar que los trastornos mentales no son entidades aisladas y estancas, de modo que raras veces se presentan solos. Puede haber un diagnóstico principal, con sintomatología adicional que es propia de otros trastornos mentales.
Las consultas privadas de psicología se han convertido en un importante identificador de personas portadoras de un TLP, a partir de solicitudes de ayuda psicológica por malestar emocional o dificultades relacionales, sin necesidad de haber llegado a experimentar un brote grave.
¿Cuál es el origen del TLP?
Se debe a una interacción de factores genéticos y ambientales. Todos los estudios apuntan a que los factores ambientales más relevantes son los traumas en la infancia, como el abuso infantil, el maltrato físico, psicológico y/o sexual, y la negligencia de las figuras de protección primarias (padres y adultos de la familia cercana). Teniendo en cuenta que ya son varias las generaciones que han priorizado la productividad y los asuntos instrumentales de la dinámica familiar, en detrimento de la nutrición emocional de los hijos, que en nuestra sociedad hubo y hay maltrato y abuso infantil que nos negamos a reconocer, y por lo tanto nos impedimos reparar, está emergiendo una avalancha de TLP que para la que ya no hay suficientes profesionales de salud mental para hacer frente.
¿Tiene curación?
Lamentablemente no. La personalidad no cambia, aunque uno mismo puede conocerla muy bien y controlarla. Con psicofármacos que otras personas toman sin prescripción facultativa, por cualquier motivo menor, se pueden controlar sus síntomas, y con una buena psicoterapia se puede a aprender a convivir con el trastorno y contenerlo, logrando una calidad de vida normal.