El «no» de Australia en el referéndum sobre la Voz.

22/01/2024
drets-dels-indigenes-a-australia_loren-elliott-reuters Bandera dels aborígens australians LorenElliott/Reuters

El pasado 14 de octubre los australianos fueron convocados a las urnas para modificar la Constitución e introducir la llamada «Voz» en el Parlamento (en adelante, la Voz), un órgano de representación de los indígenas de Australia. Con un 86,3 % de participación, el 60 % de los votantes australianos y la mayoría en los seis estados federales votaron no. El resultado cierra la puerta a una reforma constitucional que habría supuesto una oportunidad para desencallar la falta de reconocimiento de los indígenas de Australia con la institucionalización de un canal para articular propuestas de las primeras naciones del país que abordaran la larga lista de problemas que sufren en prácticamente todos los indicadores de bienestar. El resultado también es problemático en sí mismo en términos democráticos por el choque de mayorías que se discute en este artículo.

La historia colonial de Australia se asienta —como en tantos otros casos— sobre la desposesión, el abuso y la desigualdad. Pero a diferencia del resto de países de la Commonwealth, Australia nunca ha firmado un tratado con sus primeras naciones. La demanda de tratado, sobre la base de que la soberanía nunca fue cedida, ha sido una constante junto a demandas a veces más pragmáticas (ciertos niveles de autonomía, implementación de políticas públicas o participación en la toma de decisiones) o más simbólicas (reconciliación, explicar la verdad, escuchar). El referéndum del 14 de octubre se enmarca en un largo camino de desavenencias entre los Gobiernos, de todos los colores, y los indígenas australianos en cuanto a la ensambladura entre las primeras naciones y el Estado moderno australiano. Este tira y afloja se ha caracterizado a menudo por iniciativas del Gobierno australiano que, o bien tenían poco que ver, o bien se quedaban cortas ante las demandas de reparación, reconocimiento y autodeterminación de los pueblos indígenas, pero que a la vez resultaban difíciles de aceptar para una parte importante de la población australiana blanca. Además, en el mejor de los casos, estas iniciativas eran recibidas con tibieza, cuando no desinterés o rechazo, por parte de las primeras naciones. Hay que añadir que esto sucede en un contexto de una gran heterogeneidad: en Australia subsisten todavía más de 400 naciones originarias y 280 grupos lingüísticos con intereses y preferencias diversos. La penúltima de estas propuestas consistía en el reconocimiento de los indígenas en la Constitución, así como en la eliminación de algunos artículos racistas de la misma. El Gobierno creó un consejo por el referéndum encargado de recoger las deliberaciones de más de 300 reuniones celebradas en diferentes puntos del país para decidir sobre el tipo de pregunta que había que formular, todo ello acompañado de una campaña masiva de comunicación y sensibilización (campaña Recognize). El consejo presentó los resultados de las deliberaciones en una convención de primeras naciones celebrada en Uluru, en el centro de Australia. De esta convención surgió la Declaración de Uluru: desde el corazón, que rechazaba el reconocimiento como tal y pedía, en cambio, tres cosas: makarrata, voz y verdad. Makarrata es un concepto complejo de la lengua yolngu que describe un proceso de resolución de conflicto y de justicia y que frecuentemente se equipara a tratado. La Voz es, literalmente, la consagración de la voz aborigen en la Constitución australiana mediante su institucionalización en el poder legislativo. La verdad implica recuperar la memoria histórica colonial y explicar la verdad de lo que pasó y las consecuencias persistentes que todavía sufren a día de hoy los aborígenes australianos y los isleños del estrecho de Torres. La declaración acaba haciendo referencia al último referéndum de 1967, que incluía a los indígenas en el censo, con una reflexión bastante clara: en 1967 empezamos a ser contados; en 2017 buscamos ser escuchados. La propuesta fue inmediatamente rechazada en su totalidad por el entonces primer ministro “conservador”, Malcolm Turnbull, que de hecho ya declaró la Voz “una tercera cámara”.

Casi seis años más tarde, el Gobierno australiano recuperaba una parte de esa declaración y elaboraba únicamente una propuesta centrada en la dimensión de la Voz, cuando parecía en algunos sondeos que la población australiana se mostraba a favor de profundizar en la ensambladura de los indígenas australianos en la Constitución. El referéndum pedía a los votantes si aceptaban una modificación constitucional que reconociera a las primeras naciones australianas y estableciera una Voz aborigen y de los isleños del estrecho de Torres. Aun así, la indefinición de lo que era, y lo que no era, la Voz condicionó el contenido y el tono de la campaña. El “sí” se mostraba como una oportunidad para iniciar un cierre de las vastas desigualdades que existen entre población blanca e indígena en prácticamente todos los indicadores de bienestar disponibles, así como en el empoderamiento y el reconocimiento, hasta ahora ausente. El “no” contaba con una corriente minoritaria progresista que consideraba la Voz insuficiente por la falta de autonomía o capacidad legislativa, la dependencia permanente de la voluntad subjetiva del Gobierno y el Parlamento de turno en cuanto a su establecimiento y funcionamiento (y permanencia) y la paralela insistencia en la celebración de un tratado. El «no» de la oposición conservadora construyó la campaña sobre la duda (con el lema «si no lo sabes, vota no») de saber cómo se materializaría un organismo que era divisivo de la nación australiana en cuanto que establecía diferencias en los derechos y deberes de los indígenas y el resto, lo que podía implicar la existencia de una tercera cámara, costar mucho dinero al contribuyente y otras amenazas relacionadas, por ejemplo, con los derechos de propiedad sobre la tierra. El «no» del referéndum es grave, por dos motivos.

En primer lugar, porque si bien la mayoría que ha votado no es la que representa la mayoría de los votantes australianos y la mayoría de los seis estados (de hecho en los seis estados salió el «no» y solo en el territorio de la capital de Australia ganó el «sí»), esta no es la opción mayoritaria entre los votantes de las naciones indígenas. En efecto, existen indicios que apuntan al hecho de que las naciones indígenas votaron más bien sí al cambio constitucional a pesar del alcance limitado de la reforma. El caso de Australia materializa, pues, el bloqueo permanente de la mayoría sobre la voluntad de una minoría que, al representar poco menos del 4 % de la población, no puede sino esperar a que la mayoría blanca recoja sus expresiones y las haga suyas. Los indígenas australianos ven cerrado un nuevo camino hacia el reconocimiento y la autodeterminación.

En segundo lugar, el «no» sitúa la reconciliación en Australia en un callejón sin salida de complicada resolución. Para empezar, la propuesta quedaba lejos de las ambiciones subrayadas por la Declaración de Uluru: desde el corazón, que proponía la Voz como complemento a dos elementos igualmente importantes: tratado y verdad. No han sido pocas ni ambiguas las propuestas que las primeras naciones australianas han puesto sobre la mesa. Pero también han sido pocas las veces que Australia, y más concretamente las autoridades australianas, han escuchado con atención esas propuestas y las han considerado seriamente. Entretanto, sin embargo, el esquema Closing the gap (cerrar la brecha), una política orientada a reducir las desigualdades estructurales entre australianos indígenas y no indígenas en áreas básicas como la educación, la salud o la economía, sigue obteniendo unos resultados muy insuficientes.

El «no» deja sin resolver la pregunta sobre la urgencia: ¿hasta qué punto la sociedad australiana se puede permitir cerrar una puerta más al reconocimiento y la reparación del tratamiento a que sistemáticamente ha sometido a sus primeras naciones?

[Este post ha sido elaborado basándose en la investigación postdoctoral de la autora en el marco del proyecto National Conversations, dirigido por el profesor John Parkinson, 2017-2018. Puedes encontrar un artículo de acceso abierto aquí: https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/10361146.2021.2009764]

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