Cohabitar en la vejez: las personas mayores como agentes de innovación y cambio social

09/11/2022

Cada vez vivimos más años y pensar en el proceso de envejecimiento es algo inevitable. De ahí que debatir sobre los espacios habitacionales dirigidos a las personas mayores se haya convertido en una cuestión relevante que despierta respuestas sociales. España se sitúa entre los países con mayor esperanza de vida, experimentando un cambio demográfico que deja una población cada vez más envejecida. Este no es un país para bebés. El número de nacimientos es cada vez menor. Además, la pandemia mundial provocada por la COVID-19 ha puesto el foco en la gestión de las residencias y la atención que reciben los mayores en estos espacios. 

Los nuevos retos demográficos y la respuesta social que están propiciando han sido objeto de debate durante el webinar ‘Envejecimiento en comunidad: nuevos modelos habitacionales y de soporte en la vejez’, organizado por los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC, en el marco del ciclo de seminarios ‘Los retos del envejecimiento. Una mirada interdisciplinar a la vejez’. 

“Las nuevas generaciones de personas mayores se están convirtiendo en un nuevo actor que aporta soluciones diferentes para vivir de forma colaborativa”, explicó Lluvi Farré, psicólogo social y miembro del grupo de investigación Care and Preparedness in the Network Society (CareNet) del Internet Interdisciplinary Institute (IN3-UOC), durante su participación en la jornada organizada por la UOC. Estas nuevas generaciones irán en aumento en las próximas décadas. Según estudios internacionales de prospectiva y las proyecciones que realiza la Organización de Naciones Unidas (ONU), España será en el año 2050 el país más envejecido del mundo, de cuya población el 40% se situaría por encima de los 60 años. 

Ante esta prospección, que comienza ya a ser una realidad, la sociedad asiste al auge de modelos arquitectónicos que tratan de dar nuevas respuestas, como son las comunidades de ‘senior cohousing’ que se autoorganizan para vivir la vejez de una manera diferente, cohabitando entre iguales. Lluvi Farré expuso las características de algunos de estos modelos habitacionales, las circunstancias que los impulsan, que van más allá de las cifras demográficas, y los efectos que estos tienen sobre el envejecimiento de las personas y la experiencia de la vejez. El investigador presentó diversos casos de estudio que forman parte del proyecto MOVICOMA, la primera investigación a nivel estatal que estudia los factores de emergencia, desarrollo y colaboración, así como el impacto psicosocial de la vivienda colaborativa entre personas mayores. 

Las viviendas colaborativas de personas mayores suponen una modalidad que se aleja del concepto de residencia geriátrica. Lo que podría definirse como convivencia colaborativa, ‘cohousing’ en su desarrollo en diversos países europeos, es un fenómeno que se inició en los años setenta en Dinamarca y se extendió posteriormente por más países europeos como Alemania y Suiza, así como Estados Unidos y Canadá. «En el caso de nuestro país lo que está habiendo es una modelización colectiva, por lo que encontramos proyectos muy diversos entre sí que hacen difícil hablar de un modelo único. Pese a ello, sí se pueden identificar una serie de características comunes», explicó.

¿Qué características comunes tienen los diferentes modelos de viviendas colaborativas de mayores?

Todas ellas son comunidades basadas en la autogestión y se organizan habitualmente en forma de cooperativas. Detrás de los proyectos hay un grupo motor que impulsa estas alternativas y desde el inicio piensa y decide cómo quiere vivir. Sus miembros están implicados en el diseño de los espacios, la manera en la que quieren ser cuidados y demás aspectos que serán relevantes en su vejez. Gran parte de estos proyectos se basan en el desarrollo de mecanismos de apoyo mutuo, puesto que el principio de comunidad es el que rige el día a día. Sin embargo, contemplan también la mutualización de diferentes servicios, como son el mantenimiento y limpieza de las instalaciones, la alimentación o incluso la previsión de apoyos, atención y cuidados profesionales para cuando sean necesarios.

Este tipo de proyectos son agentes activos de cambio, poseen voluntad de transformación social y del entorno. En este sentido, por ejemplo, la vivienda colaborativa puede ser una herramienta clave para luchar contra la soledad no deseada, un lastre que merma la calidad de vida de las personas mayores.

¿Qué factores han sido desencadenantes del auge de las viviendas colaborativas?

La crisis de los cuidados ha puesto en evidencia la incapacidad política y social para asegurar el bienestar de amplias capas de la población. «En los últimos años hemos vivido una desestabilización de las responsabilidades implicadas en el sostenimiento de la vida y la distribución de los cuidados. El envejecimiento poblacional, la precarización de las labores de cuidado, la incorporación de la mujer al ámbito laboral o el desarrollo de políticas neoliberales en detrimento del estado del bienestar son factores que explican esta crisis. En este contexto, la vivienda colaborativa de mayores es una respuesta sénior a esta situación», aseguró Lluvi Farré.

Quienes forman parte de estas iniciativas comparten una serie de principios que son comunes entre los distintos proyectos de vivienda colaborativa. Entre otros, el interés por convivir entre iguales en un ambiente cooperativo y el deseo de no ser una carga para sus hijos y especialmente hijas, sobre quienes han recaído tradicionalmente los trabajos de cuidado de sus padres. Por tanto, los mayores no quieren que les tengan que cuidar, tal y como ellos tuvieron que hacerlo con sus padres. A la vez, estos disponen cada vez de menos recursos económicos y materiales para hacerse cargo de sus padres y madres.

En muchos casos, tampoco quieren verse en la situación de tener que ir a vivir con sus hijos o familiares, por el temor al desarraigo respecto a su barrio de toda la vida, así como la pérdida de autonomía y la capacidad de decisión que puede conllevar. Las personas mayores generalmente quieren permanecer en sus hogares, desean gestionar y tomar decisiones sobre su vida tanto como puedan. Pero envejecer en el propio domicilio también conlleva riesgos derivados del proceso de envejecimiento: «La casa se puede convertir en una ‘jaula de oro’: si tienes suerte puedes disponer de una serie de comodidades, pero vemos cómo las viviendas no se llevan bien con la vejez. Muy a menudo no están adaptadas a los condicionantes que llegan con la edad, por lo que pueden suponer la desconexión respecto del exterior y la comunidad, privándonos de todos aquellos aspectos que dan sentido a una vida plena», relató Farré.

En los últimos años, se ha generalizado el rechazo a las residencias geriátricas, más evidente aún tras la gestión de la crisis provocada por el coronavirus en estos centros. Además, no todas las personas mayores tienen la posibilidad de acceder a una plaza en una residencia. En este sentido, las personas que participan de los proyectos de vivienda colaborativa encarnan la paradoja de formar parte de un grupo social que paradójicamente son demasiado ricos para acceder a una plaza de residencia pública, pero a la vez demasiado pobres como para hacer frente a los gastos que representa vivir en una privada. 

¿Qué aportan las experiencias de los proyectos de vivienda colaborativa a la vejez?

Los nuevos modelos habitacionales impulsan cambios de rol: las personas mayores pasan de ser receptores de soluciones a promotores de estas. Estos cambios desafían estereotipos negativos y ayudan a vivir y entender la vejez de nuevas formas. «El envejecimiento no es solo algo que nos pasa, sino que este tipo de proyectos nos muestran que es algo que en gran medida producimos activamente a través de nuestras prácticas, por lo que podemos intervenir sobre el mismo, tomando decisiones», destacó Farré. 

Cada uno de estos proyectos es particular y se adapta al perfil de las personas que lo conforman y que están dispuestas a convivir juntas. «Planifican su propio futuro, su envejecimiento, realizando un trabajo de anticipación. Los primeros proyectos de este tipo estaban más orientados a la idea de mutualizar los servicios. Consideran que hay una serie de trabajos de cuidados que deben delegar en personas profesionales y diseñan herramientas para asegurar la continuidad de los cuidados, para garantizarlas y mantener el control sobre cómo se desea ser cuidado específicamente. Sin embargo, hay otros proyectos que otorgan más valor al grupo y a la idea de formar parte de una comunidad. Así, generan sistemas de apoyo mutuo que les permitan una base para una convivencia colaborativa, aunque sin renunciar tampoco a los cuidados profesionales especializados», explicó el investigador. 

Ante estas nuevas fórmulas para afrontar la vejez, muchos sectores han tenido que replantear sus enfoques: desde las administraciones hasta los arquitectos que diseñan recursos para personas mayores, así como los profesionales del mundo asistencial y gerontológico. «Este tipo de proyectos son un motor de innovación social que funciona e influye más allá de su ámbito específico«, concluyó Farré. 

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Autor / Autora
Periodista
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