Núria Oriol: «El síntoma más destacado de la disfagia es la tos, aunque hay personas con el trastorno que no la manifestarán»

29/11/2022
Núria Oriol, profesora colaboradora del grado de Logopedia (interuniversitario: UVic-UCC, UOC).

El 12 de diciembre es el Día Mundial de la Disfagia, un trastorno de la deglución que afecta a dos millones de personas en España. Pese a su elevada prevalencia, se trata de una patología infradiagnosticada y poco tratada por los especialistas indicados. Tal como explica Núria Oriol, logopeda que trabaja en Atención Intermedia de Mútua Terrassa desde hace más de 18 años y profesora y coordinadora de las sesiones presenciales del grado de Logopedia (interuniversitario: UVic-UCC, UOC), el papel de los profesionales de la logopedia en la exploración y la intervención de la disfagia es muy importante. Y es que un acto aparentemente tan cotidiano como tragar la saliva, beber o comer, en realidad es muy complejo y puede afectar a la calidad de vida de las personas que la sufren.

El 12 de diciembre es el Día Mundial de la Disfagia. ¿Qué es la disfagia?

La disfagia es un trastorno de la deglución. La deglución es el acto de tragar los alimentos, sólidos o líquidos, y también la saliva, desde el momento en que se introduce el alimento en la boca hasta que llega al estómago. Implica un proceso de movimientos voluntarios e involuntarios (reflejos) que actúan de forma rápida y coordinada. Cuando se produce una alteración en cualquier momento de este proceso, hablamos de disfagia. Cuando la disfagia compromete las fases oral y faríngea, se denomina disfagia orofaríngea; cuando afecta a la fase esofágica, se habla de disfagia esofágica. También se puede clasificar la disfagia según el material que compromete a la deglución, o sea, disfagia a líquidos, disfagia a sólidos o disfagia a saliva. 

¿Por qué se produce y cuándo?

Parece mentira que un acto que llevamos a cabo tan a menudo, tragar saliva tres o cuatro veces por minuto, o alimentarnos con al menos tres o cuatro comidas al día, en entornos que no tienen carencias alimentarias, pueda llegar a ser tan complejo y coordinado. La deglución comprende cuatro fases, además de la captación del alimento. Una primera, que es la fase preparatoria oral, la cual consiste en masticar y elaborar el bolo alimenticio; la segunda es la fase oral, en que la lengua impulsa el alimento para poder deglutirlo; la fase faríngea, de forma resumida, se define por encargarse de transportar el bol a través de la faringe, y la fase esofágica, que conduce el bolo alimenticio por el esófago hacia el estómago. La disfagia es un síntoma, generalmente consecuencia de alguna patología, pero que también puede darse por envejecimiento de las estructuras implicadas. La disfagia puede ser funcional, mayormente, por debilidad muscular o reducción de la extensión de los movimientos de los labios, la lengua, el velo del paladar, la faringe, la laringe; por incoordinación en el conjunto de movimientos y estructuras implicadas; o por disminución de la sensibilidad. La disfagia también puede ser estructural, cuando hay una lesión directa de las estructuras, como tumores y cánceres, y por las consecuencias de los tratamientos para intentar erradicarlos (radioterapia, etc.). Hay que diferenciar la disfagia de la aspiración. No todas las personas con disfagia presentan aspiraciones, pero se calcula que entre el 30 % y el 60 % de personas con disfagia sí las presentan.

La deglución es el acto de tragar los alimentos, sólidos o líquidos, y también la saliva, desde el momento en que se introduce el alimento en la boca hasta que llega al estómago. Cuando se produce una alteración en cualquier momento de este proceso, hablamos de disfagia.

¿Qué consecuencias tiene? ¿Qué gravedad puede tener?

La disfagia puede ser leve, moderada o grave. Hay distintas escalas que permiten calificar el grado de disfagia. Puede ir desde dificultades para propulsar el bolo alimenticio de la boca a la faringe hasta el paso de alimentos a los pulmones, e incluso provocar una situación de riesgo vital. Las consecuencias pueden ser para la seguridad y para la eficacia, y puede también afectar a la calidad de vida. Cuando el material o el alimento pasa a la vía respiratoria es cuando se puede comprometer la seguridad. Cuando la persona que tiene disfagia no llega a los niveles nutricionales y de hidratación suficientes es cuando se habla de alteración de la eficacia. Cuando las dificultades deglutorias comprometen el disfrute o la gestión de la alimentación es cuando la calidad de vida se ve afectada. 

¿Cuáles son los colectivos más afectados por la disfagia?

La disfagia aparece a menudo en enfermedades neurológicas (siendo el ictus la más frecuente) y en enfermedades neurodegenerativas, como la de Parkinson, la demencia, o la esclerosis lateral amiotrófica. También existe disfagia a consecuencia de tumores o procesos cancerígenos en las estructuras implicadas en la deglución, como los labios, la lengua, la mandíbula, el velo del paladar, la faringe, la laringe, el esófago. Y, por último, existe un colectivo que no se puede englobar propiamente en ninguna patología, que es el de las personas de edad avanzada. En estos casos, el envejecimiento de las estructuras con pérdida de fuerza y ralentización de los procesos también es una fuente de aparición de la disfagia.

¿Cuál es la prevalencia de este trastorno en cada uno de estos colectivos?

En el ictus, en función del momento en el que se recoge la aparición de disfagia, se habla de entre un 30 % y un 65 %. En la enfermedad de Parkinson, la disfagia aparece entre el 52 y el 82% de las personas con la enfermedad. En el caso de la esclerosis lateral amiotrófica o en fases avanzadas de la enfermedad de Alzhéimer, la prevalencia de la disfagia es mayor: los datos recogen que más del 40 % de las personas mayores hospitalizadas presentan disfagia, y que aproximadamente el 38 % de los pacientes traqueotomizados en UCI también sufren este trastorno. En el caso de personas con cánceres de cabeza y/o cuello, la probabilidad de presentar disfagia es muy alta, superando fácilmente el 80 %.

Los colectivos más afectados por la disfagia son las personas con enfermedades neurológicas, enfermedades neurodegenerativas, pacientes oncológicos y las personas de edad avanzada.

Parece que la disfagia es un síntoma recurrente tras pasar la COVID-19.

COVID-19 y disfagia tienen relación. Hay que diferenciar las manifestaciones del virus en las distintas etapas. La etapa inicial, en la que se daba de forma predominante y grave el síndrome de dificultad respiratoria aguda (SDRA), era una de las situaciones en las que aparecía la disfagia, por la insuficiencia respiratoria. La segunda situación, muy habitual, era la disfagia postextubación. Y la tercera situación se daba por la pérdida de fuerza y amiotrofia, la enfermedad del paciente crítico. Sin olvidar que la inmovilidad, sumada al envejecimiento, es otro factor que potenciaba y potencia la aparición de la disfagia. Actualmente, la situación con la COVID-19 parece ser distinta, dado que hay situaciones en las que se presentan casos menos severos.

¿Qué síntomas nos permiten reconocerla? 

El más destacado es la tos, que puede aparecer mientras la persona está comiendo, o al finalizar las comidas, cuando quedan restos en el tracto faríngeo, por ejemplo. Ahora bien, hay que destacar que existe un porcentaje de personas con disfagia que no la manifestarán. También se pueden observar estornudos, babeo, dificultad al masticar, sensación de que no se puede tragar el alimento con facilidad, restos de comida en la boca y voz húmeda. Hay otros síntomas más inespecíficos, como por ejemplo fiebre o disminución de peso no atribuibles a otras causas; modificaciones en el desarrollo de las comidas, como evitar ciertos alimentos que antes se consumían; o consecuencias pulmonares como el aumento de secreciones después de las comidas. En el caso de disfagias esofágicas es más habitual la obstrucción, con la dificultad de paso del bolo alimenticio hacia el estómago.

¿Qué podemos hacer para plantarle cara? 

Hay distintas maneras de afrontar la disfagia. A veces se trata de dar orientaciones, como por ejemplo adaptar el entorno o la gestión alimentaria para facilitar la deglución. Un ejemplo de ello puede ser colocar a la persona bien sentada con un ángulo de 90 grados para facilitar el paso del bolo alimenticio en su recorrido hacia el estómago. En otras ocasiones, es necesario llevar a cabo un tratamiento conductual, no invasivo, en forma de técnicas facilitadoras o compensatorias para facilitar la deglución, o la reeducación con ejercicios. También se dispone de intervenciones más agresivas, como puede ser la colocación de una sonda, ya sea a través de la nariz (sonda nasogástrica), o directamente en el estómago (GEP). La sonda nasogástrica se coloca cuando se prevé una recuperación rápida, y se aconseja no llevarla más de un mes. Cuando se prevé una recuperación lenta o una imposibilidad de que la persona vuelva a alimentarse por vía oral, se practica una GEP. También se dispone de tratamiento farmacológico, como por ejemplo la aplicación de toxina botulínica para reducir el babeo. Y el último grupo de aproximación terapéutica es el tratamiento quirúrgico, por ejemplo, utilizado en casos de tumores que obstruyen el paso, o para dilatar el esfínter esofágico superior cuando no se relaja e impide el paso del bolo alimenticio hacia el esófago.

Algunos de los principales síntomas de la disfagia son la tos, los estornudos, la dificultad al masticar o la sensación de que no se puede tragar el alimento con facilidad.

¿Se puede trabajar la prevención? 

En las personas de edad avanzada es interesante trabajar las estructuras implicadas en la deglución para mantener la fuerza, la velocidad, la coordinación de los movimientos, el sentido del gusto, la sensibilidad y el estado dental, y adquirir conciencia de cómo se lleva a cabo el acto de tragar. Otro ejemplo habitual es el caso del ingreso de una persona mayor por fractura de fémur. En estos casos, ya está demostrado que la dificultad para deglutir empeora durante el ingreso por la bajada funcional que experimenta la persona, con lo que se puede poner una dieta más blanda y fácil de deglutir durante el ingreso, y hasta que la persona acaba de recuperar la funcionalidad previa. En estos casos hay que procurar volver lo antes posible a la dieta normal, puesto que es una fuente de placer y de calidad de vida.

¿Cuál es el papel de los logopedas en este trastorno?

Los logopedas desempeñan un papel fundamental en la prevención, como acabamos de comentar, así como en la exploración y la intervención. La exploración clínica compete al logopeda, que a través de una valoración en profundidad de los órganos y estructuras implicadas en la deglución puede valorar la idoneidad de hacer pruebas alimentarias o no, y, en caso de que se considere que no hay peligro para la seguridad deglutoria, llevarlas a cabo. Gracias a la exploración clínica, el logopeda puede indicar el tipo de dieta más adecuado, e iniciar la rehabilitación que necesite cada persona. No hay unos ejercicios generales que puedan beneficiar a todos los pacientes, por lo que es necesario descubrir dónde está la dificultad para indicar la intervención adecuada. El logopeda también debe estar presente en las pruebas instrumentales para orientar en las pruebas alimentarias y las maniobras posturales o las técnicas deglutorias. Una vez hecho el diagnóstico y el diseño de la intervención específica para cada persona con disfagia, el logopeda es quien debe llevar a cabo esta rehabilitación. Evidentemente, hay situaciones en las que el logopeda tiene sus límites de intervención, y por eso el trabajo interdisciplinar facilitará la idoneidad del tratamiento en cada caso.

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Redactora col·laboradora
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