Josep Maria Tamarit: «Tradicionalmente, la sociedad se ha olvidado de las víctimas»

12 diciembre, 2022
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Entrevista a Josep Maria Tamarit, catedrático de la UOC, presidente de la Sociedad Europea de Criminología y director del Máster en Ciberdelincuencia de la UOC.

Catedrático de Derecho Penal por la Universitat de Lleida desde 1990 y exdirector del programa de Criminología de la UOC, Josep Maria Tamarit Sumalla ha liderado diversos proyectos de investigación centrados en victimología, justicia restaurativa y el sistema de sanciones penales. En esta conversación deshace malentendidos sobre lo que es realmente la criminología, defiende la necesidad de reparar moralmente a las víctimas y de enfocar la lucha contra la delincuencia más allá de formas punitivas, al tiempo que aborda el problema de la ciberdelincuencia como formador desde la UOC de expertos en su neutralización. 

¿Qué lo condujo a estudiar Derecho?

Debo reconocer que no hubo una motivación especial, ni por tradición familiar —aunque mi padre ejerció como abogado— ni por vocación temprana. Perfectamente podría haber estudiado otras carreras, de hecho, barajé diversas opciones. El decantarme por el Derecho Penal sí que fue reflejo, por un lado, de mi carácter idealista y concienciado desde joven, y por el otro, por pertenecer a una generación que vivía con mucha pasión las cuestiones de ámbito social y público. En aquellos años formativos se acababa de aprobar la nueva Constitución y la necesidad de cambios profundos impregnaba el ambiente. 

¿A qué razones obedece su especialización en el campo de la criminología?

La criminología me interesa porque no es el estudio de cómo deberían ser las cosas (ergo, el Derecho) sino de cómo son realmente y, por tanto, de cómo funcionan en la práctica las instituciones. Hablamos del análisis empírico de las causas del delito y de las formas de prevenirlo y de reaccionar al mismo. Con el transcurso del tiempo mi vínculo con la especialidad se ha ido reforzando, primero al entrar en el año 2010 en la UOC para dirigir su programa de Criminología, y desde el pasado septiembre tras ser elegido presidente de la European Society of Criminology, una comunidad internacional de perfil científico que sirve como espacio de encuentro, de intercambio de experiencias y de cooperación entre expertos en la materia.

Es una lástima que a los criminólogos no se les preste la misma atención que a los juristas, los psicólogos, los asistentes sociales o al personal carcelario porque disponen de una visión mucho más multidisciplinar.

La popularidad de series de televisión, documentales, pódcast… dedicados al mundo del crimen han disparado el interés en el tema, pero me imagino que mucha gente tiene una idea equivocada de lo que son los estudios en Criminología.

Sin duda, series como CSI han provocado una tendencia a confundir la investigación criminalística —es decir, la investigación de un crimen entendida como el hallazgo de pruebas que permitan llevar a un sospechoso frente a la justicia, una labor que es propia de la policía— con la criminología, que es el estudio de la delincuencia en general. De hecho, en el plan de estudios de la UOC la criminalística solo es una asignatura optativa.

Para aclararnos definitivamente, ¿qué aporta un criminólogo?

Puede aportar muchísimo a la hora de tratar y prevenir la delincuencia. Si sus conocimientos fueran más atendidos a la hora de tomar decisiones en numerosos aspectos de la vida social, las cosas nos irían mucho mejor, el problema es que las instituciones y los políticos no son conscientes o tienen otras prioridades o intereses. El criminólogo puede ayudar al cuerpo policial, al sistema de prisiones… Incluso una empresa privada puede beneficiarse de uno de sus técnicos a la hora de diseñar programas de prevención de riesgos (le puede indicar, por ejemplo, dónde es mejor colocar una caja registradora para minimizar el impacto de un atraco). Es una lástima que no se les preste la misma atención que a los juristas, los psicólogos, los asistentes sociales o al personal carcelario porque disponen de una visión mucho más multidisciplinar. 

Dirige el máster de Ciberdelincuencia de la UOC. ¿Dónde se pone el foco y a quién va dirigido?

Procura ser muy interdisciplinar de cara a atraer a personas de ámbitos diversos, la mayoría provienen de la Criminología, en segundo lugar, del Derecho, y luego ya a estudiantes de otras titulaciones a quienes pedimos complementos de formación. Aporta conocimientos útiles para intervenir profesionalmente en la ciberdelincuencia (conocer sus diferentes caras, riesgos, vulnerabilidades, cómo intervenir…), e incluye una parte tecnológica, si bien es complementaria, dado que ya existe un máster en ciberseguridad orientado de forma más específica a los ingenieros. 

La delincuencia realizada a través de los medios tecnológicos ha modificado profundamente el panorama en las últimas décadas, generando nuevas amenazas que exigen una respuesta, pero ocurre que los estudiantes de Derecho o Criminología han estado poco en contacto con ella porque las teorías criminológicas y los procedimientos jurídicos siguen muy enraizados en una delincuencia no tecnológica, en la que acontece en el espacio off line.

La victimología trata de eliminar los procesos de negación de los hechos o que se culpabilice a la víctima, evitar que los procedimientos judiciales vuelvan a victimizar a la víctima, asegurarse que los afectados reciban atención psicológica, asistencia legal y algún tipo de indemnización o reparación.

Es un experto en Victimología, llegando a presidir la ya extinta Societat Catalana de Victimologia. ¿Qué debemos entender por semejante concepto?

Consiste en el estudio científico de los procesos de victimización y desvictimización, es decir, explorar qué hace que una persona se convierta en víctima de un delito, intentar evitarlo, o en su defecto, ayudarla a superarlo. Hasta el momento, la criminología había puesto el foco en el delincuente, como si su figura ya nos diera toda la información necesaria sobre el delito. La Victimología cambia la perspectiva, se centra en el sujeto que la padece. Sus objetivos son garantizar que haya una investigación del delito que saque a la luz la verdad, eliminando los procesos de negación de los hechos o que se culpabilice a la víctima, evitar que los procedimientos judiciales vuelvan a victimizar a la víctima, asegurarse que los afectados reciban atención psicológica, asistencia legal y algún tipo de indemnización o reparación… Tradicionalmente, la sociedad se ha olvidado de las víctimas, la prioridad era detener y encarcelar al delincuente, aunque desde hace unos años se percibe una mayor sensibilidad. Ahora hay que poner recursos y personal, que los avances legales —existe un Estatuto de la Víctima desde 2015— se traduzcan en resultados prácticos. Queda mucho por hacer, pero experiencias piloto como la puesta en marcha en Tarragona de un centro de acogida a niños que han sufrido abusos sexuales invita al optimismo. 

Ligado a esto, en 2019 coordinó la primera investigación sobre abusos sexuales a menores cometidos por la Iglesia Católica en España.

Las cosas se van moviendo a nivel global, aunque en España lo hacen de forma muy lenta en comparación con los avances en otros países, excepto en el ámbito de los protocolos de prevención. Nos encontramos con la reticencia de gran parte de la jerarquía de la iglesia católica a reconocer los hechos y la gravedad del problema, y, por tanto, a realizar gestos que contribuyan a la reparación moral de las víctimas. Las instituciones deberían implementar procedimientos para los delitos ya prescritos y aquí es donde entra la justicia restaurativa porque no todo se agota en el Derecho Penal.

La justicia restaurativa es pues la más indicada para cerrar heridas emocionales y traer paz espiritual. ¿Sobre qué principios descansa?

Sus bases conceptuales se asientan en los años 80 del siglo pasado y radican en la promoción de formas de respuesta al delito que no se basen en la justicia retributiva, que es aquella sostenida en la ética de Kant y Hegel y que exige la imposición de un castigo, de una pena proporcional al delito. Este modelo es el que ha arraigado en la sociedad, pero también ha sido cuestionado, ya que está demostrado que el castigo no arregla los problemas, no reeduca al delincuente ni previene de forma eficaz futuros delitos, al tiempo que no satisface las necesidades de las víctimas. La justicia restaurativa se pregunta cómo dar respuesta al delito para que ganen las relaciones de confianza y los vínculos sociales, así como para que se produzca la reparación de la víctima y el reconocimiento del daño por parte del delincuente. Los implicados participan en un diálogo sobre las causas y las consecuencias de los hechos a través de un mediador —recordemos que todo delito es un síntoma de un problema más profundo y continuado— destinado a favorecer procesos de diálogo y evitar reincidencias. Ambos modelos, retributivo y restaurativo, deben combinarse y además el segundo no procede en todos los casos, ya que tiene en la voluntariedad su principio básico.

A diez, quince, veinte años vista, ¿qué conquistas en todos los ámbitos de los que hemos hablado le reportarían mayor satisfacción? 

Me gustaría especialmente ser testigo de avances en el proyecto de las casas de acogida para niños que han sido víctimas de abusos sexuales, porque proteger a los más jóvenes es prioritario, en sí mismo y porque son el futuro de la sociedad. Ha quedado demostrado que el principal factor de predicción de la violencia futura es la violencia que padece la infancia, porque un niño o una niña que la ha sufrido tiene muchas posibilidades de continuar haciéndolo más adelante y también de convertirse él o ella en quienes la ejercen. Asimismo, supondría una enorme alegría ver que la justicia restaurativa se aplica de forma más extensiva. Creo que a la larga la sociedad tiende a mejorar, aunque se enfrente a muchas dificultades. El conocimiento científico es clave a la hora de superarlas porque no podemos cambiar lo que no nos gusta si antes no lo conocemos en profundidad. 

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Autor / Autora
Periodista literario
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