El declive del Procés y el auge del catalanismo identitario
05/07/2024«Catalunya serà cristiana o no serà», podemos leer en la fachada del monasterio de Montserrat. Esta frase lapidaria se atribuye a Torras y Bages. En La tradición catalana (1913), arguye: «Nos encontramos con una Cataluña espiritualista y cristiana; matarle el espíritu es matarla a ella misma; reforzar su espíritu es aumentar su potencia, hacer su acción más viva y fecunda. A Cataluña la hizo Dios, no la han hecho los hombres; los hombres solo pueden deshacerla; si el espíritu de la patria vive, tendremos patria; si muere, morirá ella misma.»
Así continúa el obispo catalanista unas páginas más adelante: «Quizás no hay ninguna otra nación tan entera y sólidamente cristiana como fue Cataluña. La infusión de la gracia divina se hizo en una raza fuerte, sensata y activa, por lo cual el elemento humano, fecundado por aquel elemento divino, produjo una virtud y energía que se desarrolló en una organización resistente y armónica. (…) Pero la actividad debe ser educada; y la de nuestra raza fue gobernada y dirigida, fue fomentada y educada, desde que se puede hablar de pueblo catalán, por la Iglesia, quien lo engendró en los sombríos valles del Pirineo. Todo el mundo dice que Ripoll es la cuna de Cataluña (…)».
Ha llovido mucho desde entonces. Los catalanes son menos cristianos, y el catalanismo cada vez está más desvinculado del cristianismo. Pero la historia no es lineal, a menudo hace vaivenes. Ripoll ahora es cuna de un catalanismo identitario, temeroso de lo forastero. Los atentados del 2017, protagonizados por inmigrantes musulmanes residentes en Ripoll explican parte de la emergencia de Aliança Catalana, un partido que se conjura para «salvar a Cataluña» defendiendo la independencia, las costumbres del país, las políticas inmigratorias a favor de los catalanes y la mano dura contra el radicalismo islámico.
Las elecciones catalanas de 12 de mayo indican que los partidos y las preferencias políticas identitarias ganan peso. Se consolida Vox y entra una vox catalanista en el Parlamento de Cataluña. Cataluña y el catalanismo experimentan, pues, fenómenos similares a los de los entornos políticos de referencia. En Occidente, el fundamentalismo o fanatismo islámico preocupa. Controlar la inmigración en favor de la seguridad está de moda. La inmigración es, según el Eurobarómetro, uno de los temas más importantes que afronta la Unión Europea. Las últimas elecciones europeas aparentemente lo corroboran.
En Cataluña, la literatura especializada señala una fuerte relación entre las posiciones en inmigración de los partidos políticos y sus concepciones de la nación. En efecto, no sorprende que la concepción de la nación condicione la posición política respecto de la inmigración. Pero también podría ser que las intuiciones, percepciones o experiencias relacionadas con la inmigración modelen o perfilen la concepción de la nación. Es decir, el todo puede influir en la parte y, a la vez, la parte en el todo.
El surgimiento de Aliança Catalana también es fruto de la frustración de un sector del movimiento independentista. El sentimiento popular de derrota frente a España y de engaño por parte de los partidos y líderes tradicionalmente independentistas puede explicar parte del cierre o repliegue nacional. Dicho de otro modo, mientras el independentismo no consiga levantar fronteras estatales, el nuevo independentismo identitario pretende levantar fronteras étnicas.
De hecho, los líderes del Procés pregonaron un nacionalismo liberal, un republicanismo plurinacional o cosmopolita y un soberanismo de raíz democrática y popular. A grandes rasgos, el Procés potenció los aspectos cívicos del nacionalismo catalán en detrimento de los más étnicos. Esto respondía a razones filosóficas y estratégicas. Veámoslo.
Tal como he defendido en otros textos, un argumento filosófico podría ser el siguiente: a fin de proteger a las minorías y prevenir la perpetración de injusticias futuras, conviene ser restrictivo ante demandas secesionistas vinculadas a nacionalismos predominantemente étnicos, identitarios o iliberales. Estos nacionalismos suelen ser menos tolerantes, abiertos e inclusivos que el nacionalismo liberal, el cual procura en contraposición:
- usar la persuasión en vez de la coacción para promover una lengua, cultura e identidad nacional común o compartida
- respetar otros rasgos, sentimientos y clamores nacionales, incluidos aquellos que cuestionan la mencionada identidad común o compartida
- concebir la comunidad nacional de manera amplia para hacerla más inclusiva de la diversidad
- entender la nación como proceso histórico en continua evolución y no de manera esencialista y estática
- evitar las conexiones con una genética, genealogía, religión o filosofía particular
- vertebrar la nación más a partir de estructuras o instituciones nacionales que a partir de un carácter nacional
- invitar a personas y comunidades recién llegadas a integrarse en estas estructuras y redefinir conjuntamente el siempre controvertido carácter nacional
En cuanto a las razones estratégicas, se quería convencer a España, Europa y el mundo de que la independencia de Cataluña no era un proyecto étnico, racista, tribal, religioso ni excluyente, sino más bien una demanda democrática para crear un nuevo estado respetuoso con el pluralismo y la diversidad. Dentro de Cataluña, había que convencer a los no nacionalistas catalanes de que el Procés respetaría y reconocería sus rasgos y sentimientos de identidad, incluida la lengua española.
En una sociedad tan mestiza como la catalana, con un fenómeno migratorio tan potente en términos demográficos, se hace difícil de prever que una apuesta independentista-étnica consiga el aval de una mayoría democrática clara. Al hecho de que buena parte de la población de Cataluña o de sus ancestros ha nacido fuera de Cataluña, se suma el desuso del catalán frente a otras lenguas como por ejemplo el español, el inglés y el árabe.
En todo caso, conviene distinguir la cuestión sobre si el nacionalismo que inspira la demanda secesionista es o no es étnico de la cuestión sobre si el apoyo a la independencia depende o no de factores étnicos. El hecho de que factores étnicos como por ejemplo el lugar de nacimiento, el origen de los progenitores o los usos lingüísticos familiares sean relevantes a la hora de explicar quién quiere la independencia no determina que el nacionalismo que la inspira sea étnico. Esta relevancia estadística es una cuestión descriptiva que no necesariamente se tiene que convertir en una cuestión normativa o programática.
Aun así, puesto que esta conexión es bien posible, ha sido explotada por el unionismo. En efecto, vincular el Procés y sus líderes con el supremacismo, la xenofobia, el narcisismo, el egoísmo económico y el victimismo histórico fue una potente arma unionista. Contra estas acusaciones, tal como argumenta el informe «Un sesgo etnicista en la política catalana?», el Procés «domó» el peligro de la «bestia» identitaria evitando que el independentismo hiciera «planteamientos etnicistas o esencialistas».
Así pues, el declive del Procés puede comportar un retroceso de su proyecto de liberalización de un nacionalismo tradicional y potencialmente étnico. Una vez que el independentismo catalán deja de estar en el foco de atención, es posible que afloren sentimientos latentes y arraigados. Más aún cuando el discurso oficial u oficialista ha estado dominado por un tipo de progresismo de cara a la galería. No parece mera casualidad que la caída del Procés en las urnas coincida con la llegada del independentismo identitario al Parlamento de Cataluña. La fiera ya enseña los dientes.
Sin un aparato estatal propio, es difícil que una nación pequeña pueda integrar en su seno a una cantidad significativa de personas y comunidades inmigrantes. A falta de perspectivas realistas de conseguir un estado independiente, resulta hasta cierto punto comprensible que el nacionalismo minoritario se cierre o recluya. Para contrarrestar esto, se podrían acordar unas condiciones razonables para el ejercicio de la autodeterminación externa y, para hacer la secesión menos conveniente o atractiva, ceder a la nación minoritaria poder real de integración cultural, incluidas competencias en educación e inmigración.
Ahora que la delegación de las competencias sobre inmigración en Cataluña está encima de la mesa, el caso de Quebec puede resultar especialmente relevante:
Ever since the Quiet Revolution and the accompanying nationalist political mobilization, immigration has been at the forefront of many political skirmishes with Ottawa. No less than three major agreements have been negotiated between Quebec and Ottawa: Andras-Bienvenue (1975) which confirmed a role for Quebec in the selection of immigrants; Cullen-Couture (1978) which established a role for Quebec in the selection process abroad along with a series of criteria specific to Quebec; McDougall-Gagnon-Tremblay (1991) that gave Quebec the upper hand in the selection process. Mireille Paquet argued that this new deal gave Quebec «a complete devolution of immigration settlement services to the province and the transfer of a quasi-majority of immigrant selection powers». In sum, all of these negotiated agreements contributed to recognizing Quebec’s special status in the country. Indeed, the 1991 agreement confirmed that Quebec formed a «distinct society» in Canada.
Quebec tiene la facultad exclusiva (sole responsibility) en cuanto a la selección de inmigrantes destinados a esta provincia mientras que Canadá tiene la facultad exclusiva respecto a la admisión de inmigrantes en esta provincia, estipula el artículo 12 del mencionado acuerdo de 1991 entre el gobierno federal y el provincial. En este sentido, el mismo precepto establece rotundamente que Canadá no admitirá a ningún inmigrante en Quebec que no cumpla los criterios de selección de Quebec. Este acuerdo intergubernamental, según su exposición de motivos, pretende que la integración de inmigrantes asegure la identidad diferenciada de Quebec.
El caso de Quebec también puede resultar de interés en otro sentido. Después de que la opción soberanista fregara pero no llegara al 50% de los votos en el referéndum de 1995, parece que una parte significativa del movimiento soberanista quebequés abrazó un nacionalismo menos abierto o liberal, por no decir “un nacionalismo de esencias identitarias”.