La justicia afectiva y el ideal de la escuela inclusiva

7 noviembre, 2022
justicia afectiva Imagen de rawpixel.com en Freepik

¿Cómo nos las apañamos para hacer habitable la escuela? En el momento que se pasa por las aulas de cualquier institución educativa, se producen forzosamente procesos de subjetivación a partir de elementos micropolíticos que marcan aquello que debe ser considerado como valioso y deseable y lo que no, reconociendo el éxito de algunos frente al fracaso de otros, distribuyendo, por lo tanto, las relaciones de afectividad que unos y otros acabarán recibiendo de forma desigual en la escuela. Rodolfo Cruz, profesor de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla de México propone, en un artículo publicado recientemente en la Revista Latinoamericana de Estudios Educativos,[1] la idea de justicia afectiva para hacer más habitable la escuela. Aprovecharemos sus reflexiones para vincular esta idea con los retos e incertidumbres que plantea la escuela inclusiva.

¿Qué es la justicia afectiva?

La justicia afectiva es una condición que nos obliga a aterrizar la pregunta sobre el sentido de la educación en el espacio de la escuela, es decir, en el lugar físico, material y geográfico donde se ponen verdaderamente a prueba nuestros ideales sobre la educación; entre ellos, el ideal de la educación inclusiva.

Estar en la escuela -nos dice Rodolfo Cruz- implica “ser” en la escuela. Y, ¿cómo es uno en la escuela? Históricamente, uno es en la escuela en función de su inteligencia y su capacidad de adquirir saberes, destrezas y formas de comportarse de acuerdo con las tecnologías desplegadas por el aparato escolar que determinan quién puede llegar a ser un alumno de éxito o, por el contrario, un fracasado, alguien poco valioso para este mundo.

Reconocer las contradicciones internas de la escuela en torno a la distribución afectiva de aquello que se considera valioso y deseable es un primer paso para acercarnos al sentido de la justicia afectiva.

“Todo acto de inclusión -nos dice de nuevo Rodolfo Cruz- implica, de forma simultánea, una exclusión. De tal suerte que no podrían considerarse opuestos, sino más bien constitutivos. Cuando se señala la forma deseable y mínima de ser y estar en el mundo, de forma inmediata se ubica lo negado, lo no deseable, lo inadecuado”. Esto lo vemos cada día en la escuela. Pero también somos testigos de cómo lo inadecuado, lo indeseable, aquello que no se espera que suceda en la escuela violenta, distancia, segrega y aísla. Reconocer las contradicciones internas de la escuela en torno a la distribución afectiva de aquello que se considera valioso y deseable es un primer paso para acercarnos al sentido de la justicia afectiva. Hacemos la escuela habitable cuando, partiendo de estas contradicciones, somos capaces de atravesarlas y crear las condiciones para que todo el mundo sea recibido con hospitalidad. La noción de justicia afectiva puede ayudarnos a hacer habitable la escuela para todo el mundo.

Los retos de la educación inclusiva

Hablar de inclusión cuestiona, por lo tanto, aquello que tiene valor en la escuela. La justicia afectiva implica, entonces, dar valor y acoger aquello que ahora no lo tiene o se nos presenta como indeseable. Para hacerlo posible, hay que cuestionar algunos elementos que determinan aquello que ahora tiene valor y lo que no. Son elementos que, como decíamos al principio, tienen efectos en las subjetividades. Rodolfo Cruz nos recuerda algunos. Por ejemplo, el hecho de haber naturalizado el espacio del aula como compartimentos estancos, organizado por niveles, cerrados, donde los alumnos pasan mucho tiempo juntos. O la organización de los grupos en función de la edad, en los que se impone la lógica de la comparación entre iguales bajo criterios evolutivos de normalidad cognitiva y psicológica. O el dispositivo de la evaluación escolar que clasifica a los estudiantes exitosos y a los que no lo son. O la selección de los contenidos escolares, los temas, las situaciones, los ejemplos, las metodologías didácticas que se encuentran en la base -tal y como nos enseñaron Bourdieu y Passeron-, de la reproducción social.

Todos estos elementos distribuyen lo que es valioso y lo que no en la escuela, ejerciendo una violencia relacional que atraviesa las subjetividades y las interacciones a la hora de distribuir los afectos de forma desigual.

Hablar de inclusión en la escuela es cuestionar todo lo que tiene valor en ella.

Quizás esta violencia relacional, en cualquier acto educativo, será siempre inevitable, pero hablar de inclusión en la escuela cuestiona todo esto. Que lo cuestione no quiere decir que lo resuelva. No somos tan ilusos. Sin embargo, el hecho de cuestionarlo nos permite preguntarnos cómo hacer habitable la escuela para que lo que suceda en ella fije sentidos a los estudiantes más allá de la lógica del éxito o del fracaso con la que se dictamina la valía y el nivel de afectividad que uno merece. Separar la lógica del rendimiento de las diferentes formas de ser y de estar en la escuela construye una micropolítica escolar habitable. Es un gesto de justicia afectiva al que nos interpela la escuela inclusiva.

 

 

Referencias

[1] Cruz, R. [Rodolfo] (2022). Justicia afectiva: micropolítica y construcción de una habitabilidad escolar. Revista Latinoamericana de Estudios Educativos, 2(3), 15-40.

https://doi.org/10.48102/rlee.2022.52.3.507

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Autor / Autora
Jordi Solé Blanch, profesor y director del grado en Educación Social de la UOC y miembro del grupo LES.
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