¿Un cambio de rumbo en la política japonesa?

05/11/2024
Elecciones en Japón El primer ministro japonés, Shigeru Ishiba (foto de Nippon.com)

Las elecciones celebradas el pasado domingo 27 de octubre en la Dieta Nacional, el parlamento de Japón, han abierto un escenario de incertidumbre en una política históricamente marcada por la estabilidad y la previsibilidad. Desde la fusión en 1955 del Partido Liberal y el Partido Democrático, que dio lugar al Partido Liberal Democrático (PLD), esta formación solo ha cedido el poder en dos ocasiones. La primera fue en 1993, cuando una coalición de partidos opositores impidió que el PLD formara gobierno durante nueve meses. La segunda ocurrió en 2009, con una victoria sin precedentes del Partido Democrático (PD), la oposición de entonces, que logró derrotar por primera vez al partido hegemónico en unas elecciones parlamentarias.

A pesar de haber obtenido la mayoría absoluta de escaños, el gobierno del PD quedó marcado por numerosos escándalos y por la polémica gestión del devastador terremoto de Tohoku, lo que provocó que su permanencia en el poder durara solo tres años. El regreso de Shinzo Abe en 2012, quien ya había ocupado el cargo de primer ministro en 2005, supuso la consolidación de un nuevo período de mayorías absolutas para el PLD, reforzando el papel del partido como fuerza dominante y prácticamente incuestionable en la política japonesa de la posguerra.

En estas elecciones, el partido presentaba a una figura destacada, el exministro de Defensa Shigeru Ishiba, un candidato que había intentado hasta cinco veces convertirse en presidente del partido. Cuando el pasado septiembre venció en las elecciones presidenciales y se convirtió automáticamente en primer ministro de Japón (gracias a la tradicional mayoría absoluta de su partido), impulsado por su popularidad en las zonas rurales, prometió “limpiar” el PLD de aquellos candidatos implicados en escándalos de corrupción que habían provocado la desafección de una parte importante del electorado. Se trata de un mal endémico de la política japonesa. Sin embargo, las caras de circunstancias de los dirigentes del partido indicaban que, a pesar de ganar las elecciones por enésima vez, el PLD había entrado en una nueva fase de incertidumbre. Si a los 194 escaños obtenidos en una Dieta de 465 se suman los obtenidos por su aliado tradicional, el partido budista Komeito, la coalición queda con 218 escaños, lejos de la mayoría establecida en 233. ¿Qué ha sucedido para que el PLD, después de casi 70 años de dominio parlamentario, haya entrado en una nueva etapa?

Aunque la promesa del primer ministro Ishiba de eliminar de las listas electorales a los políticos acusados de corrupción fue bien recibida por la base del PLD, ha tenido un doble efecto negativo. En primer lugar, no ha convencido a los votantes más urbanos de las grandes áreas metropolitanas, como Tokio, Osaka y Nagoya, que han optado por otras formaciones, como el Partido Democrático Constitucional o el Partido Democrático Nacional, al ver que algunos de esos políticos implicados se habían vuelto a presentar. Esta desafección se ha hecho especialmente evidente entre los votantes más jóvenes, quienes perciben al PLD como una formación alejada de sus inquietudes e incapaz de renovarse ante los problemas contemporáneos. Aunque Ishiba ha recorrido buena parte del país explicando su intención de acabar con la corrupción, los votantes han castigado severamente a algunos candidatos del PLD, a quienes acusan de perpetuar el clientelismo del partido. En segundo lugar, Ishiba se ha enemistado con diferentes dirigentes del partido, como la conservadora Takaichi Sanae o Shinjiro Koizumi, hijo del carismático ex primer ministro y jefe de campaña. Si muchos ya le conocían por el apodo de “traidor”, debido a su tendencia a confrontar a sus adversarios con un estilo directo e incisivo, Ishiba ha reforzado esta imagen con la decisión de apartar a candidatos acusados de corrupción, lo que le ha valido la hostilidad de varios sectores del partido. Incluso Akie Abe, viuda del recientemente asesinado ex primer ministro Shinzo Abe, ha expresado su rechazo apoyando a un candidato externo al PLD, en un claro gesto de desafío hacia Ishiba.

Por otro lado, aunque se presenta como un líder dispuesto a acabar con el sistema de facciones y clientelismo que ha dominado el partido, y a pesar de considerarse un outsider, lo cierto es que el mismo día que reveló la composición de su nuevo gobierno ya se perfilaba el viejo estilo político del PLD. Un gabinete integrado casi exclusivamente por hombres (solo dos ministras), en su mayoría mayores de 60 años (solo cuatro tenían menos de 60) y provenientes de las distintas facciones del partido, se percibió como un mal presagio para un electorado cansado de las prácticas clientelistas y de una clase política, en general, desconectada con las generaciones más jóvenes. Durante toda la campaña electoral, el término (“dinero oculto”) resonó con fuerza en los programas de televisión. Esto hace referencia a las sospechas de financiación ilegal y corrupción que han salpicado repetidamente al PLD, acentuando la percepción de un sistema político anclado en el pasado.

Tras anunciar Ishiba la convocatoria de elecciones parlamentarias —un movimiento que enfureció a la oposición, ya que había prometido dialogar con el resto de partidos antes de hacerlo—, no ha sido capaz de presentar un programa electoral con ideas nuevas. Tampoco ha propuesto una política económica con medidas para salir del período de estancamiento y de inflación en algunos productos básicos. Con un lema de campaña poco concreto, “Proteger Japón, convertir el crecimiento en fuerza”, su propuesta de crear una “OTAN asiática” ha suscitado dudas entre los votantes. Además de la falta de concreción en las políticas económicas y de innovación, las críticas derivadas de su postura más dura hacia su aliado tradicional, Estados Unidos, han mermado su credibilidad frente a un electorado que tradicionalmente premia la estabilidad y castiga la improvisación y la falta de coherencia programática.

¿Qué escenarios se plantean en las próximas semanas? El PLD deberá no solo arrebatar algunos escaños a los partidos de la oposición para alcanzar la mayoría absoluta, sino adaptarse a las demandas de este conjunto de partidos. Algunos de estos nuevos partidos, como el Nippon Ishin o el Reiwa, son en realidad escisiones del propio PLD, por lo que no le resultará difícil conseguir sus votos, aunque a cambio deberá hacer concesiones. A nivel interno, deberá convencer a un partido completamente dividido y desunido. Su decisión de enfrentarse al ala más conservadora —la más numerosa e influyente dentro del PLD— le lleva a optar por una única salida: conseguir el apoyo de su socio tradicional, el partido budista Komeito, y del Partido Democrático Nacional. Esta alianza, si se materializa, le permitiría acercarse a la mayoría parlamentaria y garantizar la gobernabilidad. No obstante, esto implicaría comprometerse con medidas más centristas y concesiones que podrían debilitar su propia autoridad dentro del partido.

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Autor / Autora
Director del Grado de Relaciones Internacionales de la UOC. Es doctor en Relaciones Internacionales e Integración Europea por la UAB y experto en política exterior japonesa.
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