Sobre encuestas, electorados y el futuro de la democracia en EE. UU.: algunas reflexiones postelecciones

25/11/2024
Foto de Chip Somodevilla/Getty

Los resultados de las elecciones presidenciales de EE. UU. abren diversos interrogantes. Aquí abordaré tres de ellos: qué nos dicen sobre (1) el papel de las encuestas, (2) la naturaleza de los electorados y los posibles factores causales y (3) las posibles consecuencias para el futuro de la democracia en EE. UU.

Sobre las encuestas

Una vez más, las encuestas han sido objeto de debate. Algunos las han interpretado como un nuevo fracaso; otros, aquí, simplemente como una demostración más de su incapacidad para hacer predicciones. Pero la realidad es otra. Como explica Kiko Llaneras en su boletín del 9 de noviembre en El País, las encuestas no iban desencaminadas. La holgada victoria de Donald Trump en los estados swing y en el colegio electoral no era solo un escenario perfectamente plausible, sino probable dentro de las previsiones.

El problema está en cómo se leen los números. Que las probabilidades entre los candidatos fueran similares (50-50 %) no quiere decir que el resultado más probable fuera un empate. Llaneras lo ilustra con un sencillo ejemplo: cuando lanzas una moneda hay un 50 % de probabilidad de que salga cara y un 50 % de que salga cruz, pero eso no implica que caiga de canto. El escenario más esperable era una victoria clara de uno de los candidatos en votos electorales, y eso es exactamente lo que ha pasado.

El motivo de esperar un resultado claro en el colegio electoral tiene que ver con cómo funciona el sistema electoral de EE. UU. Tal como explica Andreu Paneque en este mismo blog, el sistema electoral mayoritario tiene un efecto amplificador: los pequeños movimientos en los estados swing tienen un gran impacto en el colegio electoral. La incertidumbre real, como explicaba Pablo Beramendi en un artículo reciente en El País, residía en hacia dónde se decantarían algunos grupos sociales clave: los jóvenes, las minorías raciales o las mujeres de los suburbios. Los movimientos en la misma dirección dentro del margen de error de las predicciones (más o menos 2 %) podían decantar el resultado, y eso es precisamente lo que ha sucedido. Aunque las encuestas han vuelto a subestimar el voto por Trump, esta vez lo han hecho con más precisión.

Sobre la naturaleza de los electorados y los posibles factores causales

En uno de sus últimos libros, Achen y Bartels (2016), dos reputados politólogos de EE. UU., cargan contra la visión clásica del electorado, que asume que las personas son racionales y toman decisiones más o menos informadas, ya sea mirando al futuro (voto prospectivo) o al pasado (voto retrospectivo). Ellos contraponen otra visión, más ajustada a la investigación en psicología experimental, la economía conductual y sus propios estudios sobre opinión pública: la de las personas poco informadas y sin ideología que se mueven por lealtades de grupo, partidismo y están sujetas a sesgos cognitivos.

Esto plantea la siguiente duda respecto a cómo tenemos que interpretar los resultados: ¿debemos asumir que los votantes han tenido razones para votar a Trump como en la visión clásica o, al contrario, como sugiere la visión alternativa, debemos creer que el electorado se ha movido por identidades de grupo, partidismo y falsas percepciones, todo ello exacerbado por la polarización y un entorno de baja calidad informativa?

Hay que decir que en la postelección se han propuesto argumentos que apoyan las dos visiones. Por ejemplo, dos días después de las elecciones, el académico y expolítico liberal canadiense Michael Ignatieff, en una entrevista en La Vanguardia, atribuía los resultados a la negligencia del partido demócrata, a quien acusaba de haber desatendido desde hacía demasiado tiempo las crecientes desigualdades. Desde la lógica de este argumento, la clase trabajadora habría tenido buenas razones para abandonar el partido demócrata y votar a Trump. En una versión más sofisticada formulada por economistas se sugería que el voto a Trump se podría explicar por el tipo de preferencias de la clase trabajadora respecto a las políticas distributivas. Mientras que las clases menos educadas tendrían preferencia por las políticas de predistribución (salarios mínimos más altos, proteccionismo y sindicatos más fuertes), las más educadas se inclinarían por las políticas de posdistribución (impuestos y transferencias). Otras explicaciones que van en esta misma línea sugieren que el aumento del voto a Trump entre los latinos se podría explicar por la mayor diversificación de los temas que preocupan a este colectivo.

Frente a estas explicaciones, sin embargo, existen estudios y datos que cuestionan la visión clásica y racional de los votantes. Por ejemplo, en un experimento de encuesta realizado por YouGov en el que se preguntaba a los participantes por sus preferencias sobre cien políticas de Harris y Trump a ciegas, una mayoría de votantes de Trump, según el Washington Post, prefirieron las políticas de Harris. En la misma línea, con la reelección de Trump, en cuestión de cinco días la percepción sobre la economía de una mayoría de republicanos pasó de ser negativa a muy positiva (lo mismo sucedió a la inversa con los demócratas, aunque no en la misma proporción). Estos estudios abren la puerta a explicaciones de otro tipo, como las que hacen hincapié en los sesgos cognitivos, el pobre ambiente informativo y la vulnerabilidad de los electores a la desinformación.

Habrá que investigar mucho más, y con aproximaciones innovadoras, para determinar el peso que han tenido los factores “racionales” y “no racionales” en las decisiones de voto que han producido estos resultados.

Sobre el futuro de la democracia

Finalmente, ¿cuáles pueden ser las consecuencias de estos resultados para el futuro de la democracia en EE. UU.? Aquí se mezclan a menudo dos dimensiones de la democracia, la sustantiva y la procedimental, que conviene distinguir.

Desde la dimensión sustantiva se puede considerar que el programa de Trump pone en peligro la democracia porque atenta contra derechos fundamentales. Por ejemplo, algunas promesas, como las deportaciones masivas de inmigrantes o las restricciones al derecho de aborto, atentan contra principios democráticos y derechos básicos. Su estilo comunicativo, basado en el insulto y la mentira sistemática, también erosiona el derecho a la información veraz e impide un debate democrático saludable.

Estos valores nos pueden repugnar; podemos considerarlos contrarios a los principios democráticos básicos e incluso pensar que amenazan la supervivencia de la democracia a largo plazo al socavar algunos de sus principios básicos. Sin embargo, como argumenta Przeworski, mientras hayan sido seleccionados respetando las reglas y los procedimientos de la democracia no podemos dejar de considerarlos democráticos.

El peligro real de la elección de Trump yace más bien en su ataque a los procedimientos democráticos que garantizan que mañana los perdedores puedan ser los ganadores. Me explico… Lo que hace tolerables hoy para los votantes del partido demócrata los valores que defiende Trump es que en el futuro pueden esperar deshacerse de ellos. Si Trump elimina esa posibilidad, también elimina la posibilidad de que el conflicto entre valores se resuelva de forma pacífica, que es la esencia de la democracia.

En el pasado, Trump ha dado sobradas muestras de que no acepta los resultados de las elecciones cuando él sale perdedor. En el futuro es probable que utilice su poder para asegurarse de no volver a perder. En este sentido, ya ha amenazado con la persecución de sus enemigos políticos. También ha anunciado la destitución de 50.000 funcionarios para sustituirlos por fieles, lo que compromete la neutralidad de la Administración y las instituciones federales.

En suma, el peligro real no son los valores de Trump, por más que nos puedan repugnar, sino su capacidad para cuestionar el mecanismo que permite que los perdedores de hoy sean los ganadores de mañana. Esa es la verdadera amenaza que plantea su retorno al poder. ¿Será esta una de muchas alternancias más en el gobierno en los EE. UU.?

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Autor / Autora
Profesora de los Estudios de Derecho y Ciencia Política de la UOC, experta en política comparada, opinión pública, medios sociales y comportamiento electoral. Su actividad docente se centra en el análisis de regímenes políticos y métodos de ciencias sociales. Además, es responsable de cursos de metodología y política comparada, especialmente en el Máster de Análisis Política. Su investigación se centra en la opinión pública, los medios digitales y el consumo de noticias online, con publicaciones en revistas destacadas de su campo.
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