Maartje Roelofsen: «Airbnb ha provocado que la gente se replantee el significado de la palabra hogar»

10/10/2022
Maartje Roelofsen

(Please find below the interview in English )

En la última década, las plataformas turísticas como Airbnb han ganado una popularidad considerable y, al mismo tiempo, han generado preocupación por su impacto en la vida urbana, la vivienda y el sector formal del alojamiento. La investigadora posdoctoral de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, Maartje Roelofsen, empezó a estudiar este tipo de plataformas en 2014, cuando realizaba su tesis doctoral. Desde entonces ha investigado en el ámbito del turismo, la geografía y la planificación.

En su último libro, Hospitality, Home and Life in the Platform Economies of Tourism, explora cómo las plataformas digitales en el ámbito del turismo y el alojamiento han cambiado el mundo social y material, y analiza las repercusiones de estas plataformas a escala de ciudad, del hogar y de la vida cotidiana de las personas.

¿Por qué te interesan las plataformas turísticas como Airbnb?

Me interesa el impacto de la plataforma en la vida diaria del hogar, así como en la de quienes viven cerca de estos hogares Airbnb. Como clienta, lo que más me impactaba cada vez que me alojaba con gente en su casa eran cuestiones como, aparte del dinero, ¿qué motiva a las personas con relativamente poca experiencia en el sector a ofrecer su vida privada y sus espacios íntimos para alojar a extraños? ¿Cómo cambia esta nueva economía la forma de relacionarse con sus hogares? ¿Cómo influye en las relaciones dentro de la familia y qué implicaciones tiene en el trabajo doméstico? ¿Cómo se reparte este trabajo? ¿Se genera alguna desigualdad en el reparto de estas tareas?

¿Con qué objetivo escribiste el libro?

Más que estudiar la plataforma como un elemento de software «neutro» que simplemente gana comisiones por establecer una conexión entre anfitriones y huéspedes, quería conocer cómo puede una plataforma mediar, priorizar y desautorizar determinadas interacciones. Una plataforma con sede en San Francisco, que opera en todo el mundo, ¿cómo entiende exactamente la «hospitalidad» y cómo la valora? ¿Qué espera una plataforma (implícitamente) que haga la gente en su propia casa? ¿Cómo responden los usuarios a dicha mediación digital?

El libro intenta responder estas preguntas y poner realmente el foco en el nivel más íntimo de la vida cotidiana. Pero también va más allá de ese nivel íntimo y muestra cómo afectan las interacciones diarias en las casas de Airbnb a los vecinos, a los barrios y a toda la ciudad.

Los anfitriones han normalizado esta práctica hasta el punto de que toda su vida social, su rutina diaria y sus obligaciones económicas, como la hipoteca, dependen de ella.

El libro se basa en años de extenso trabajo etnográfico sobre el terreno y explica tu propia experiencia como clienta.

Un hogar es algo más que una casa física; son también las relaciones sociales y emocionales que tienen lugar en ese espacio. Para mí era importante mostrar en el libro que los hogares y la hospitalidad en esas economías de plataforma no son solamente el resultado del esfuerzo de un anfitrión. Los hogares Airbnb también se construyen con interacciones sociales entre anfitriones y huéspedes, que son diferentes en cada reserva que se hace. Incluso aunque los anfitriones no convivan en la casa con los huéspedes, estos siguen siendo agentes importantes en el esfuerzo de crear un hogar, en cómo se relacionan con los vecinos y, también, con los trabajadores domésticos, los administradores del inmueble y otras personas a las que a veces se contrata para realizar el trabajo.

Para mi investigación opté, en la gran mayoría de casos, por estancias en las que convivía con los anfitriones en su casa. Durante esas estancias, la práctica recurrente era negociar las fronteras internas de la casa; había espacios en los que yo o el anfitrión no entraríamos, porque se consideraban lugares «supremos» de privacidad e intimidad. Por ejemplo, durante la visita para enseñar el alojamiento, los anfitriones casi nunca me enseñaron su dormitorio, y ese espacio quedaba estrictamente fuera de mis límites. Como yo, algunos anfitriones admitían que iban a permanecer en su habitación durante la mayor parte del tiempo para evitar molestar y ser molestados.

Alojar a viajeros en una vivienda privada a cambio de dinero no es precisamente una novedad. Es una práctica que existe desde hace miles de años. Entonces, en tu opinión, ¿cuáles son los aspectos novedosos que ofrecen plataformas como Airbnb?

El papel de las plataformas digitales en el diseño y la provisión de software para trabajar en esas economías, sacar provecho de ellas y crear monopolios, acumulando grandes cantidades de capital para especular y muchísimo poder en el proceso. Desde su creación en 2008, millones de personas de todo el mundo han decidido realizar adaptaciones esenciales en su vida cotidiana y su hogar para obtener ganancias a través de la plataforma. Algunos anfitriones con los que he hablado llevan más de una década haciendo esto, y han normalizado esta práctica hasta tal punto que toda su vida social, su rutina diaria y sus obligaciones económicas, como la hipoteca, dependen de ello.

También se ha documentado cómo se han apropiado de la plataforma actores que no tienen nada que ver con la retórica de «compartir tu casa» ocasionalmente, en la que se ha basado durante mucho tiempo la maquinaria de promoción de la plataforma. Con la plataforma, los propietarios, las agencias inmobiliarias y otros profesionales han podido convertir el alojamiento residencial de larga duración en un alojamiento turístico a corto plazo, lo que les ha permitido incrementar sus beneficios y evitar las obligaciones legales a largo plazo con posibles inquilinos que, en realidad, necesitan una vivienda en el lugar donde trabajan y tienen su vida. Muchos gobiernos son cómplices de esta práctica y, desde hace mucho tiempo, miran hacia otro lado para no ver la expansión de la plataforma.

Ser propietario de una vivienda se ha normalizado como medio para ganar dinero, promovido por las políticas gubernamentales y, con especial intensidad, por el sector inmobiliario.

En este sentido, en el libro hablas de las «hipotecas amigables» de Airbnb.

Sí, se promueven a través de la plataforma y los bancos relacionados. Si sigues a Airbnb en las redes sociales, encontrarás numerosas publicaciones que normalizan la compra de una segunda vivienda o de varias viviendas para obtener beneficios. Pueden hacerlo porque ser propietario de una vivienda se ha normalizado como medio para ganar dinero, promovido por las políticas gubernamentales y, con especial intensidad, por el sector inmobiliario.

En mi opinión, Airbnb era un caso interesante de estudio porque provocaba que las personas se replantearan su concepto de hogar y cómo utilizaban ese espacio; aunque no formaran parte de esa economía, muchos tenían que lidiar con sus efectos.

Dices que la plataforma redefine el significado de hogar tanto para el anfitrión como para el cliente, y lo relaciona con la reputación y el consumo colaborativo.

En su forma más básica, Airbnb convierte los hogares en una mercancía, y cambia también su uso y su significado. También crea expectativas, por ejemplo en relación con la limpieza: los clientes de Airbnb esperan normalmente un nivel de limpieza y de complementos que los propios anfitriones no tienen habitualmente cuando no hay clientes. Esto es algo que no suele ocurrir en las plataformas donde el dinero no interviene en el intercambio. Por ejemplo, algunos anfitriones de Airbnb a los que he entrevistado tienen experiencia en couchsurfing. Cuando alojaban a couchsurfers no se preocupaban por ofrecer la limpieza típica de un hotel y se centraban más en los aspectos sociales de la hospitalidad.

En muchos casos, tener a un extraño en casa cambia las relaciones sociales y emocionales en el hogar. Los convivientes, padres e hijos, tienden a acordar cómo se van a comportar e interactuar con los huéspedes, y de qué tareas se va a ocupar cada uno. Las personas adaptan su vida cotidiana y sus interacciones para dejar espacio a los huéspedes y que estos tengan una experiencia «agradable». La reputación y los sistemas de revisión desempeñan un papel importante en este sentido. Impulsan a las personas a mostrar una conducta hospitalaria de acuerdo con determinados estándares, aunque no queda muy claro qué significa exactamente «conducta hospitalaria», y hay un gran margen de interpretación.

Es una paradoja: no queremos un apartamento de Airbnb en nuestro edificio, pero nos alojamos en un Airbnb cuando viajamos al extranjero.

Esta ambivalencia sobre Airbnb es algo que he encontrado a menudo en mis conversaciones con anfitriones y huéspedes de Airbnb. Casi todos los anfitriones de Airbnb con los que he hablado son conscientes del impacto negativo de esta economía en la asequibilidad y la disponibilidad de vivienda en su ciudad. También me dicen que a veces se sienten incómodos con sus vecinos por el impacto que tiene la presencia de sus clientes. Debe tenerse en cuenta que la mayoría son anfitriones que alquilan una habitación de su casa o que solo ocasionalmente alquilan todo el apartamento donde viven. Normalmente tienen un sentido de la responsabilidad hacia la comunidad donde viven y no se rigen únicamente por el beneficio económico.

No obstante, siguen eligiendo utilizar la plataforma y pagan comisiones a Airbnb e (implícitamente) contribuyen a su crecimiento, a pesar de que existen alternativas como la plataforma Fairbnb. A menos que sus autoridades (locales) cambien la normativa, suelen pensar que es aceptable seguir ofreciendo su casa en la plataforma. En menor medida, he hablado con anfitriones de Airbnb que sienten «vergüenza de trabajar con Airbnb». Sienten que son cómplices de una economía que en algunos casos, paradójicamente, va en detrimento de su propio sustento y el de los demás.

Casi todos los anfitriones de Airbnb con los que he hablado son conscientes del impacto negativo de esta economía en la asequibilidad y disponibilidad de vivienda en su ciudad.

Afirmas que Airbnb también ha generado contraculturas.

Sí, grupos sociales que ahora prefieren formas de alojamiento turístico no basadas en el beneficio o el intercambio monetario. O grupos que han revalorizado el carácter formal y la oferta estandarizada de hoteles y moteles, donde simplemente entras y sales, sin ninguna inversión emocional, y donde existe menos ambigüedad sobre los espacios que se pueden utilizar y los que no. Ejemplos de formas de turismo más éticas hay muchos, pero está en manos de los gobiernos y de los medios de comunicación promoverlos e impulsarlos. En parte, Airbnb ha crecido tanto porque, con los años, ha recibido un gran impulso de los medios de comunicación, que han promocionado su negocio. Y ha aprovechado el poder acumulado para ejercer presión, para influir en la legislación en beneficio propio.

Entonces, ¿con Airbnb «nuestra casa es el mundo»?

El hogar en la economía Airbnb es una aspiración o un deseo, y depende de las prácticas de los anfitriones y los huéspedes, muchas veces a expensas de las prácticas habituales que hacen que una persona se sienta como en casa: no tener (relativamente) ningún límite en sus interacciones y movimientos. Aunque ese deseo de sentirse «en casa» mientras se viaja se puede satisfacer con Airbnb, sin duda también ha contribuido a generar la sensación de sentirse extraños «en aquellos residentes que ahora, sin quererlo, se ven obligados a compartir sus vidas [y vecindario] con visitantes de corta duración y turistas que normalmente contribuyen poco a las prácticas y relaciones duraderas que se necesitan para crear una sensación de hogar».

En el libro, y en un estudio reciente con mi compañera Kiley Goyette, también aporto una crítica feminista a la idea de que Airbnb es algo «nuevo», de que en cierto modo los hogares y la mano de obra doméstica han adquirido una importancia repentina en la economía de plataformas porque son remunerados por ello. Es una idea equivocada. Los hogares, el trabajo doméstico y los cuidados siempre han sido esenciales, productivos y necesarios para el trabajo remunerado en el sistema capitalista, pero siempre han sido infravalorados desde un punto de vista ideológico.


«Airbnb has provoked people to reconsider the meaning of home»

During the last decade, tourist platforms such as Airbnb have gained significant popularity and at the same time, they have raised serious concerns about their impact on urban life, housing, and the formal accommodation sector. Postdoc researcher at UOC’s Faculty of Economics and Business Maartje Roelofsen started to study this type of platforms in 2014, when writing her doctoral thesis. Since then, she has been researching in the fields of tourism, geography, and planning.

In her last book, “Hospitality, Home and Life in the Platform Economies of Tourism”, she explores how digital platforms in the realm of tourism and hospitality have shaped social and material worlds and analyses the impacts of those platforms on the scale of the city, the home and the everyday life of individuals.

Why your interest in tourist platforms such as Airbnb?

I am interested in the platform’s impact on everyday life at home, and those living close to those Airbnb-ed homes. As an experienced guest, something that really struck me every time I stayed with people in their homes was: aside from money, what motivates people with relatively little experience in hospitality to offer up their private lives and intimate spaces to accommodate strangers? How does this new economy change the way they relate to their homes, how does it shape relations within the household and what implications does this have for domestic work? How is this work divided and are there any inequalities that drive these divisions of labor?

What was your aim when writing the book?

Rather than considering a platform as a “neutral” piece of software that simply derives commissions from establishing connections between hosts and guests, I wanted to know how a platform mediates, prioritizes, and disallows certain interactions. How does a San Francisco-based platform, which operates its business globally, understand ‘hospitality’ precisely and how does it value it? What does a platform (implicitly) expect people to do in their own homes? How do users respond to such digital mediation?

The book tries to answer these questions and it really tries to zoom in on the very intimate scale of everyday life. But it also extends beyond that intimate scale and shows how daily interactions in Airbnb-ed homes affect neighbors, neighborhoods, and entire cities.

The book is based on several years of extensive ethnographic work field and you chronicle your own experience being hosted.

A home is not merely a material house, it comes about through the social and emotional relations that take place in that space. It was important to me to show in my book how homes and hospitality in these platform economies are not just the result of a host’s efforts. Airbnb homes are also made through social interactions between hosts and guests, which are different every time a new booking is made. Even when hosts do not stay with their guests in the home, guests remain important agents in home-making efforts, how they relate to neighbors but also to domestic workers, property managers and others who are sometimes employed to do the work.

For my research the large majority of stays concerned staying with hosts in their usual homes. Recurring practices during these stays were negotiating the internal borders of the home; there were spaces that me or the host would not enter during the stay because we considered them the “ultimate” places for privacy and intimacy. For example, during the home-introduction-tour, hosts would rarely show me their bedrooms, this space remained firmly off-limits to me. Like me, some hosts admitted that they would stay in their bedrooms during a stay most of the time to avoid disrupting or being disrupted by the other.

Hosting travelers in private accommodation for money is nothing essentially new. It has existed for millennia. So, which are, in your opinion, the novel aspects platforms such as Airbnb offer?

The role of digital platforms in designing and providing software to scale these economies, to capitalize on them and to create monopolies, accruing huge amounts of venture capital and power in the process. Since its establishment in 2008, millions of people around the world have decided to make fundamental adaptations to their everyday lives and homes to accrue income through the platform. Some hosts who I speak to have been doing this for over a decade and have normalized this practice to such an extent that they have made their entire social lives, daily routines, and financial commitments like mortgages dependent on it.

It is also well-documented how the platform has been appropriated by actors who have nothing to do with the casual “home-sharing” rhetoric that has long underpinned the platform’s promotional machinery. Utilizing the platform, landlords, property management agencies and other professional actors have been able to convert long-term residential housing into touristic and short-term accommodation, allowing them to increase their profits and avoid any long-term legal obligation towards potential tenants who actually need housing in places where they work and live. Many governments have been complicit in this practice and for long have turned a blind eye to the platform’s expansion.

In this sense, you talk in the book about “Airbnb-friendly mortgages”.

Yes, they are promoted through the platform and the related banks. If you follow Airbnb’s social media accounts, you will find numerous posts that normalize the purchase of second or multiple homes to extract profits out of them. They can do so because homeownership has been normalized as a means for making income, promoted by governmental policies, and heavily promoted by the real estate industry.

For me, Airbnb was an interesting case study in that it provoked people to reconsider how they understood home and how they re-appropriated that space; even if they were not part of that economy many were still confronted with its effects.

You state that the platform redefines the meaning of ‘home’, both for the host and the guest, and link it to reputation and sharing economy.

In its very basic form, Airbnb turns homes into a commodity, also changing its use and meaning. It also raises expectations, for example, in relation to cleaning: Airbnb guests tend to expect a level of cleanliness and amenities that the hosts themselves do not usually have when guests are not there. This is not necessarily the case for platforms where money is not part of the exchange. For example, some Airbnb hosts whom I interviewed had hosting experience on Couchsurfing. When they hosted Couchsurfers they were not concerned with the provision of hotel-like cleanliness standards and focused more on the social aspects of hospitality.

In many instances, having a stranger in the house changes the social and emotional relations at home. Housemates, parents and children, they tend to have agreements about how they behave and interact with the guests, and which tasks they each carry out. People adapt their daily practices and interactions to make space for a guest and to give the guest a “pleasant” experience. Reputation and review systems play an important role in this. They work to nudge people to perform hospitable behavior according to certain standards, although it is not explicit at all what “hospitable behavior” really is, there is an enormous space for interpretation.

It’s a paradox: we don’t want an Airbnb apartment in our building, but we do stay at Airbnb accommodations when travelling abroad.

This ambivalence towards Airbnb is something I have encountered in my conversations with both Airbnb hosts and guests. There are almost no Airbnb hosts whom I have interviewed who are not aware of the negative impacts of this economy on the affordability and availability of housing in their cities. They also tell me that they sometimes feel embarrassed towards their neighbors about the impacts of their guests presence. Keep in mind, these are mostly hosts who rent out a room in their home or only occasionally rent out the home in which they live. They usually have some sense of responsibility towards the communities they live in and are not merely driven by financial gains.

Yet, they still choose to use the platform and pay commissions to Airbnb and (implicitly) contribute to its growth, despite available alternatives like the platform Fairbnb. Unless they are presented with new regulations by their (local) governments, they often think it is acceptable to continue offering their homes on the platform. To a lesser extent, I have spoken to Airbnb guests who feel “Airbnb-shame”. They sense that they are complicit in an economy that in some instances is paradoxically detrimental to their own and other livelihoods.

Airbnb has also given rise to countercultures, as you explain.

Yes, social groups who now prefer forms of touristic accommodation that are not based on extraction or monetary exchange. Or groups who have revalued the formal character and standardized offering of hotels and motels; where you simply check in and out without expected emotional investment and where there is less ambiguity about the spaces we can and cannot transgress. Examples of more ethical forms of tourism are many, yet it is also up to governments and media to emphasize and encourage these. Airbnb has partially become so big because it has received an enormous platform in the media over the years to promote its business. And it has leveraged its accrued power to lobby, to influence legislation to its advantage.

So, Airbnb ‘Belong anywhere’?

Home in the Airbnb economy is an aspiration or desire and is shaped by the practices by hosts and guests; oftentimes at the costs of the habitual practices that make people feel at home: to be (relatively) unrestrained in their interactions and movements. While that desire to be “at home” while travelling may be satisfied through Airbnb, it has unquestionably contributed to feelings of unhomeliness among “those residents who now, unwillingly, have to share their livelihoods [and neighbourhoods] with short-term visitors and tourists who usually contribute little to the long-lasting relationships and practices that are needed to create durable feelings of homeliness.”

In the book and in a recent study with colleague Kiley Goyette, I also provide a feminist critique of the idea that Airbnb is “new”, that somehow homes and household labour now suddenly have significance in the platform economy because they are paid for. This is a flawed idea. Homes, housework and care have always already been essential, productive and integral to paid work under capitalism, but they have historically been ideologically devalued.

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