El papel de la vivienda en la recuperación de las víctimas de violencia de género

24 noviembre, 2022
Foto: UN Women, Carlos Rivera/ Flickr

La violencia de género, combinada con la situación socioeconómica, puede ser un factor desencadenante de procesos de exclusión residencial para muchas mujeres y sus menores a cargo. Este hecho refleja la importancia de la vivienda en los procesos de recuperación.

 

La vivienda es un factor fundamental en los procesos de recuperación de las víctimas de violencia de género.  Las problemáticas derivadas de su acceso pueden imposibilitar que la mujer abandone la convivencia con el maltratador, entrando en una espiral de abuso y, en el caso de abandonar la convivencia y no disponer de las redes de apoyo adecuadas, en procesos de sinhogarismo femenino. Si analizamos la trayectoria de las mujeres desde que salen de la convivencia con su maltratador, se pueden identificar varios factores que son desencadenantes de esta situación. 

Un primer factor es el exceso de burocratización para los trámites que dan acceso a la vivienda protegida y la poca comunicación entre administraciones que obligan a las mujeres a realizar un trámite varias veces. Feantsa (2008), en su informe sobre “El papel de la vivienda en el sinhogarismo ya advierte que las experiencias de sinhogarismo pueden evitarse ofreciendo, tanto a las personas en riesgo de ser desahuciadas como a las que viven en condiciones inaceptables, servicios preventivos de asesoramiento y asistencia. Pero, además, los diferentes protocolos institucionales contra la violencia de género indican entre sus objetivos la efectividad en la atención, es decir, la coordinación de todas las instituciones en cuanto a la documentación de las mujeres. Sin embargo, los testimonios y vivencias de las mujeres evidencian un exceso de burocratización de todos los procesos, muchas veces debido a la mala comunicación entre las diferentes administraciones. La gestión de la acreditación como víctima de violencia o las diferentes ayudas económicas gestionadas por diferentes administraciones, son ejemplos de estos excesos de burocratización. Esto tiene como consecuencia que se pueden quedar fuera de ayudas, o incluso del Censo de vivienda protegida por un trámite mal realizado.

Un segundo factor de riesgo son las listas de espera para una vivienda protegida. En Navarra durante 2021 se mantenían abiertos un total de 1.813 expedientes en servicios sociales por violencia de género y, según los datos del Gobierno de Navarra, accedieron a vivienda protegida en arrendamiento 19 mujeres. Este dato es inferior a los dos años inmediatamente anteriores, en concreto, un 32,14% menos que en 2020. A 31 diciembre de 2021, 152 mujeres eran arrendatarias de vivienda protegida, y otras 46 figuraban como beneficiarias de ayudas económicas vinculadas al programa David, lo que hace un total de 198 mujeres beneficiadas. Es evidente, que la administración no tiene capacidad para cubrir esta demanda de vivienda de una manera rápida y las mujeres se enfrentan a años de espera. Como modo de intentar paliar este problema se crean las ayudas para acceder al alquiler de vivienda libre, pero, estas ayudas son políticas poco eficaces para garantizar el acceso a la vivienda de la población más vulnerable ya que tienen el contra-efecto de mantener los precios altos del alquiler, con lo que la Administración tiene que realizar un aumento constante de los recursos para poder seguir garantizando el acceso a la vivienda de las personas en riesgo de exclusión (Feantsa, 2008).

Un tercer factor de riesgo es la pérdida de las redes de apoyo debido a la búsqueda de vivienda. Para las mujeres supervivientes de violencia de género, el tener una red personal de apoyo puede marcar la diferencia entre tener que acceder a un recurso habitacional o no. Estas redes se ponen en riesgo ante la necesidad de salir de sus barrios y, algunas veces, de sus pueblos o ciudades para poder acceder a una vivienda asequible. Este proceso se vive de una manera bastante traumática ya que las redes familiares o vecinales son fundamentales en su proceso de recuperación.

Estos tres factores, el exceso de burocratización, la imposibilidad de acceder a la vivienda protegida y la pérdida de las redes personales de apoyo, combinados con la situación socioeconómica en la que se encuentran estas mujeres, pueden determinar que el proceso de salida del maltrato termine en una situación de exclusión residencial y reflejan la importancia de la vivienda en los procesos de recuperación de la violencia de género.

A pesar de que las leyes de vivienda y violencia de género establecen los porcentajes de vivienda protegida que corresponden a las mujeres víctimas de violencia de género y los recursos disponibles, no se considera desde los Servicios Sociales o desde los departamentos de vivienda el acceso a una vivienda estable como parte fundamental del proceso de recuperación de las mujeres, priorizando las ayudas económicas, legales y psicológicas. Una vez recuperadas, se considera que podrán acceder a la vivienda de una manera autónoma. Pero la realidad del mercado inmobiliario demuestra que esto no es real.

Este enfoque contrasta con otras estrategias como el “Housing First” que plantea que muchos de estos problemas relacionados con las secuelas que sufren las mujeres después de relaciones del maltrato pueden trabajarse con mayor facilidad en el contexto de un alojamiento estable. A menudo, carecer de una vivienda forma parte del problema, y puede ser una causa de inestabilidad adicional en la vida de la persona. Un alojamiento de carácter estable puede dar cobertura a muchas necesidades, además de cumplir la función básica de refugio. Puede ser un elemento esencial en lo relativo a las pertenencias personales, las relaciones, la autoestima, la intimidad, la seguridad y el acceso al empleo. Es decir, la vivienda por sí sola no garantiza la inclusión social, pero es una condición indispensable para que las personas en riesgo de exclusión puedan llegar a integrarse (Feantsa, 2008).

Tal y como indica la “Guía Housing First. Europa” utilizar este enfoque implica entender la vivienda como un punto de partida y no como un objetivo final del proceso de recuperación. La vivienda proporciona lo que se denomina la seguridad ontológica, es decir, el sentimiento de la persona de que su vida es segura, predecible y fiable, lo contrario de lo que se experimenta en una situación de sinhogarismo, en la que nada es fiable y los riesgos inmediatos y futuros aparecen por todas partes.

 

*Este artículo se apoya en el Trabajo final del Máster universitario en Ciudad y urbanismo realizado por la autora, titulado Vivienda y violencia de género. Análisis de las trayectorias habitacionales de mujeres supervivientes de violencia de género (Canto Alvarez, Alexia, 2021). Accesible en: http://hdl.handle.net/10609/140686


Referencias: 

Instituto Navarro para la Igualdad. (2021). Informe Anual de Seguimiento y Evaluación del Cumplimiento del III Acuerdo Interinstitucional para la Coordinación ante la Violencia contra las Mujeres en Navarra.

Navarra Vivienda. (2021). Informe sobre la vivienda en Navarra 

Feantsa. (2008). El papel de la vivienda en el sinhogarismo. Alojamiento y Exclusión residencial.

Pleace, N. (2016). Guia Housing First. Europa.

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Autor / Autora
Licenciada en Sociología y especializada en gestión urbana sostenible y proyectos con perspectiva de género. Actualmente, es socia de dLAV un estudio de arquitectura compuesto por una red multidisciplinar de mujeres que combina sus diversos saberes sobre espacio y territorio. También trabaja en el Colectivo Urbanas en el que ha desarrollado proyectos para impulsar la participación de las mujeres en el planeamiento urbanístico, vivienda y medioambiente. Durante los últimos años ha trabajado como subdirectora del Área de Ecología Urbana y Movilidad del Ayuntamiento de Pamplona.
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